CAPÍTULO 1
COMIENZA UNA NUEVA ERA
El reloj, con sus manecillas fluorescentes, señalaba las seis menos tres de la madrugada, asemejándose a una diminuta mancha borrosa mientras se zarandeaba sobre la muñeca derecha de Aura Duarte. Ella corría por las oscuras calles de Yadarme consciente de que su vida dependía de lo rápido que lo hiciese.
Mostraba un aspecto consumido, recogiendo su negro y rizoso cabello en una coleta que, como si fuese un muelle, rebotaba sobre la parte alta de su espalda, donde tenía serigrafiado un código alfanumérico en su mono de trabajo gris.
De soslayo, consultó el reloj sin dejar de correr y, al doblar la última esquina de la calle asfaltada, vislumbró al fin las farolas de la estación de tren que rompían la infinita sombra que envolvía al pueblo. Sabía que, si se daba prisa, aún podría llegar a tiempo.
Antes de seguir, se quitó el reloj y lo metió en un agujero situado en la fachada de la última casa. Con las prisas, y aunque le fue útil en el trayecto, había olvidado quitárselo.
En la estación, una veintena de personas con un estado físico tan deplorable como el de Aura y que vestían de manera idéntica a ella, avanzaban en fila de a uno con relativa celeridad y sin pausa hacia el andén, donde un tren esperaba arrancado.
Aura se ubicó en el final de la fila, intentando recobrar el aliento desesperadamente y sin que se notase demasiado. Por un momento creyó que el corazón se le saldría por la boca, pero lo había logrado. No fue hasta detenerse cuando reparó en lo inusualmente fría que era aquella madrugada del mes de abril.
—Vamos, escoria, el tren está a punto de partir —la reprendió una voz distorsionada que surgió a su espalda, petrificando el gesto de Aura.
El hombre se colocó a su lado, mirándola de hito en hito a través de los agujeros de su máscara. Era un heredero, miembro de una Orden que gobernaba Las Cinco Comarcas de forma autoritaria desde hacía siete años.
Además de este, varios herederos supervisaban el acceso al tren, uniformados por un largo abrigo negro con capucha y una máscara del mismo color que les cubría todo el rostro. En su brazo izquierdo, a la altura del bíceps, tenían bordado un monograma compuesto por una hache de color negro trazada sobre un fondo blanco circular. Un símbolo que también se desplegaba con majestuosidad en la bandera que presidía la entrada a la estación.
El momento de dar su nombre se acercaba. Con el fin de acelerar los trámites, Aura se anticipó y se subió la manga izquierda, dejando a la vista el código de identificación que llevaba tatuado en la parte interior del antebrazo y que estaba obligada a mostrar antes de subir al tren.
De pronto, desde la profunda oscuridad que construían los álamos alrededor de la estación, emergió un refulgente haz de luz plateada, que se abrió paso hasta impactar en el costado del heredero que estaba junto a Aura, cayendo fulminado a sus pies bajo una lluvia de chispas. A continuación, como una tormenta que los sitiaba, varias ráfagas de destellos surgieron desde el bosque, dirigidos hacia los herederos, quienes intentaron en vano desenvainar sus armas para defenderse en medio de un ambiente de estupor. En cuestión de segundos, todos los herederos yacían en el suelo muertos o gravemente heridos.
Al menos cinco individuos surgieron a la luz de las farolas, enarbolando unas armas muy parecidas a las espadas comunes, pero con la hoja cilíndrica y sin ningún tipo de filo, mientras escrutaban el entorno con una expresión de alerta.
—¡Permanezcan en el suelo! —les ordenó una voz grave y potente.
A Aura no le hizo falta escuchar la advertencia, pues ya se encontraba tumbada boca abajo, con las manos sobre la cabeza y sin atreverse a despegar la mirada del suelo. Su corazón, que acababa de recobrar un ritmo normal, volvía a palpitar desbocado. A su lado yacía el rostro inerte del heredero, cuyos ojos la miraban sin verla y un hilo de sangre surgía por debajo de la máscara hasta perderse en el prominente cuello del abrigo. Aura apretó los párpados con fuerza, deseando que todo terminase rápido. El sonido de unos pasos cercanos la obligó a abrir los ojos, viendo cómo unas botas manchadas de barro pisaban sin reparo sobre la espalda del heredero muerto.
Al cabo de unos pocos minutos, que sin embargo a Aura le parecieron interminables, marcados por una serie de dramáticos estruendos y gritos indescifrables provenientes del interior de los vagones, una voz distinguible se asomó por la puerta del vagón.
—¡Están todos muertos! —gritó alguien, utilizando un tono victorioso—. ¡Ya pueden levantarse, y esta vez háganlo como hombres y mujeres libres! —añadió.
Varios se alzaron de forma tímida, aún aturdidos por lo acontecido. Otros muchos salían de los vagones compartiendo una expresión bastante similar. No obstante, Aura no se atrevía a despegar la mirada, hasta que un hombre armado, que no era un heredero, se agachó sobre ella y le irguió el rostro, poniéndole una mano bajo el mentón con delicadeza.
—Levántese, ya no hay motivo para preocuparse —dijo con una voz tan reconfortante que terminó por convencerla. Se obligó a mirar al hombre, cuyos ojos castaños rebosaban complicidad mientras la observaba.
Después de apartarse de Aura, quien hizo un gran esfuerzo para ponerse en pie a pesar de que sus trémulas piernas le suplicaban lo contrario, el hombre armado tomó la palabra:
—Buenos días a todos —anunció, recorriendo con la mirada a los presentes, que lo observaban con expresiones muy variopintas, aunque compartían un rasgo de confusión—. Mi nombre es Daniel Órvar, pero también pueden llamarme Dan si así lo prefieren. Somos miembros de la O.C.H. —se produjeron varios murmullos de incredulidad entre la gente—, y hemos venido hasta aquí para liberarles. Por el momento no puedo ofrecerles más información. Aun así, les aseguro que ya son libres y que nunca más tendrán que volver a sufrir por la Orden de los Herederos. Ahora vuelvan a sus casas y estén pendientes de los medios de comunicación.
Después de unos segundos de desconcierto, a medida que la realidad se asentaba, muchos se abrazaron emocionados celebrando su liberación. Algunos se fueron sin terminar de creérselo, mientras que otros se resistían a abandonar el lugar por miedo a que todo fuera una especie de prueba por parte de los herederos. Los que eran de otras poblaciones permanecían dentro de los vagones, agolpados en las ventanillas a la espera de nuevas instrucciones para regresar a sus casas.
Aura fue una de las últimas personas en tomar la decisión de irse. Antes de hacerlo, tuvo la tentación de preguntar al supuesto miembro de la O.C.H. si todo aquello en verdad era cierto, pero cuando iba a abrir la boca, una reacción interior le hizo contenerse.
En su camino de regreso a casa, Aura pasó frente a la taberna de Burlen. Verla abierta le causó una fuerte impresión, pues llevaba cerrada desde que el Lórdezeit se hizo con el poder de Las Cinco Comarcas. En la puerta, había varias personas que celebraban, bailaban y entonaban vítores por el supuesto fin de la Orden de los Herederos, mientras una jarra que flotaba en el aire llenaba sus vasos de cerveza. Aura los contempló, y durante unos instantes se dejó embriagar por el ambiente de jolgorio, pero enseguida sacudió la cabeza para apartar aquella sensación. Al fin y al cabo, nada estaba confirmado y opinaba que lo más sensato era esperar en vez de celebrar antes de tiempo.
A partir de ese momento, todos sus pensamientos se centraron en una sola cosa: la persona que la esperaba en casa y por la cual había estado a punto de perder el tren, y con ello también su vida.
Llegó ensimismada, sin apenas percatarse del trayecto. Su casa estaba alejada del pueblo, situada en el pequeño claro de una extensa alameda, muy próxima al río.
Cercada por una valla de ladrillo que apenas alcanzaba el medio metro de altura, era una vivienda muy pequeña, aunque tenía dos pisos. El inferior presentaba una fina capa de cemento blanco descascarado que dejaba desnudos los ladrillos que recubría. El piso superior, por el contrario, estaba construido íntegramente en madera. Las ventanas, de vidrio emplomado, dibujaban elegantes patrones de rombos en ambas plantas.
Antes de abrir la puerta, miró en derredor suyo, pues tuvo la fugaz sensación de que alguien la observaba, pero simplemente se trataba de un cuervo que estaba posado sobre el alféizar de la ventana, algo que era bastante habitual.
Aunque con miedo a equivocarse, Aura decidió entrar en casa.
Frente a la puerta de entrada, se alzaba una escalera de madera que daba acceso al segundo piso. En el centro de una cocina muy limpia y ordenada, se encontraba una sencilla mesa cuyo tablero se notaba más restregado en la zona donde se ubicaba una silla. La encimera era de madera pulida y los muebles mostraban un aspecto de uniformidad.
Nada más entrar, Aura corrió hacia un mueble situado al lado de la puerta y que albergaba, entre otras cosas, un viejo aparato de radio que encendió de inmediato. Sin embargo, la única emisora existente, cuyo control estaba tomado por la Orden de los Herederos, no tenía señal; en su lugar sonaba un ruido distorsionado. Aura se sorprendió, pero no la apagó, tan solo le bajó un poco el volumen después de comprobar que todo estaba en orden en el aparato.
Si la radio no tenía señal… pero no quería hacerse ilusiones, pues el tiempo le había enseñado que eso solo le traería nuevas decepciones.
Un llanto estridente surgió desde el piso de arriba, seguramente provocado por el estruendo de la radio. Aura subió las escaleras y entró en la habitación.
Era un dormitorio muy sencillo, con un camastro oxidado cuyo cabecero rozaba una esquina de la habitación. Junto a la cama y frente a un ropero con el espejo roto, se hallaba una improvisada y destartalada cuna de madera. Aura se inclinó sobre la cuna y recogió a la bebé, que estaba envuelta con una cantidad excesiva de mantas.
—Ya está, Xalara, estoy en casa, tranquila —Aura le dio un beso en la frente, le atusó el ralo y oscuro flequillo y la apoyó sobre su hombro—. No volverás a pasar hambre, te lo prometo —dijo mientras acariciaba con ternura la espalda de Xalara, esperando no equivocarse.
El día transcurrió con Aura sentada al lado de la radio, sin despegarse de la silla que había acercado al mueble y teniendo el volumen bajo para que no molestase a Xalara, que dormía sobre su regazo. Por primera vez desde que la niña estaba con ella, esta había comido algo durante el día y pensó que ese era el motivo de que su sueño fuera tan placentero.
—Si es cierto lo que dicen, creo que has tenido el mejor regalo de cumpleaños posible —le susurró.
Xalara cumplía un año y exhibía el aspecto enclenque de una niña enfermiza. Algo común entre los bebés que compartían la mala fortuna de nacer dentro de la tercera clase durante aquella época sombría. No obstante, la mayoría de ellos o bien terminaban en abortos o cruelmente eliminados al nacer, pues no servían como mano de obra y eso era intolerable para la Orden. Los pocos que eran dados a luz en clandestinidad morían de inanición al cabo de unos días, porque sus padres no tenían suficiente tiempo ni recursos para atenderlos. Sin embargo, Xalara nació durante la tregua que la Orden de los Herederos concedió a la tercera clase, cuando todos sus esfuerzos se concentraban en la Guerra Civil de Bibrébem. Gracias a eso, y contra todo pronóstico, ella pudo salir adelante.
Hasta bien entrada la tarde, Aura no reparó en su propia hambre. Su cuerpo estaba acostumbrado a no comer hasta llegada la noche, ya que en los campos de dominio no les proporcionaban alimento, tan solo les ofrecían un poco de agua cada dos horas y un pobre bocadillo cuando regresaban a casa. Solían llegar a sus hogares a las diez menos cuarto de la noche y a las diez en punto se decretaba el toque de queda hasta las seis menos cuarto de la madrugada, momento en el que se les permitía salir para coger el tren y regresar de nuevo a los campos de dominio. A pesar de ello, entre los vecinos del pueblo había surgido una peculiar solidaridad, y se las apañaban jugándose la vida para intercambiar algunos alimentos que almacenaban clandestinamente desde hacía años.
La casa se quedó fría cuando el sol se perdió tras los álamos. Aura subió a Xalara a la cuna y aumentó el volumen de la radio al máximo antes de salir a por algo de leña. En la calle no se oía nada, pero el anochecer y el silencio le hicieron ser consciente de que el momento crítico del día se acercaba. Si aquella supuesta libertad resultaba ser una farsa, La Compañía Nocturna aparecería para castigar su insolencia. Miró hacia la espesura del bosque y un escalofrío le recorrió la espalda. Cogió los troncos de leña y se apresuró para volver dentro, cerrando la puerta con llave, aunque sabía que de nada serviría si ellos llegaban, pues podían atravesar puertas y paredes.
La radio continuaba sin señal, pero cuando introducía unas ramas secas en la cocina de leña, cesó el ruido del aparato y se quedó en silencio. A continuación, hizo cuatro amagos de funcionar hasta que en el quinto lo consiguió. Aura dejó caer la leña al suelo y corrió para subir el volumen.
»Buenas noches, ciudadanos y ciudadanas de Las Cinco Comarcas —habló la nerviosa voz de un hombre que a Aura le resultó vagamente familiar—. En primer lugar, quiero dar las gracias a todos los medios de comunicación aquí presentes en el Salón de Conferencias, por haber venido en medio de este desconcierto para que las últimas noticias lleguen a todos los hogares —la radio hizo amago de apagarse una vez más, pero Aura le dio un golpe para que volviese a funcionar a pleno rendimiento—. Comparezco ante ustedes para anunciar la muerte del Lórdezeit y la completa derrota y destrucción de la Orden de los Herederos y su régimen autoritario. La pasada madrugada, se llevó a cabo un operativo dirigido por la O.C.H. y desplegado por la totalidad de Las Cinco Comarcas, durante el cual el Lórdezeit fue asesinado —hizo una pausa—, y la mayoría de los herederos tuvieron el mismo desenlace o fueron arrestados. Aun así, debo advertirles que algunos siguen en busca y captura. En las próximas horas difundiremos algunas descripciones para ayudar a que sean identificados, capturados y encerrados lo más pronto posible.
»Han sido siete años terribles, llenos de muerte y desesperación. Pero todo eso ya forma parte del pasado —prosiguió la voz en la radio—. Les anuncio también que, desde este momento, queda restablecido el régimen de gobierno anterior a la llegada de la Orden de los Herederos al poder y que yo, Alexios Kraus, lideraré este nuevo comienzo como presidente de Las Cinco Comarcas. En los próximos días, formaré el Consejo de Gobierno y junto a mis compañeros trabajaré sin descanso con el fin de crear una nueva sociedad fuerte y unida, donde no existan las clases y donde el terror y el esclavismo no vuelvan a regirnos jamás. Mi primera medida como nuevo presidente es decretar que el día de hoy, nueve de abril, sea celebrado como el Día de la Libertad, un día festivo para todos. Cada año recordaremos que hubo un tiempo en el cual no fuimos libres y que este día cambió la historia de Las Cinco Comarcas para siempre. Desde hoy, ¡comienza una nueva era!
Se escuchó una multitud de flashes y la emisión se interrumpió de repente, dando paso a una melodía muy alegre. Aura se encaminó lentamente hacia la puerta, salió a la calle y gritó en silencio:
—¡¡Sí!!
Unas lágrimas de tremendo alivio brotaron de sus ojos negros. Hacía tanto tiempo que no experimentaba la alegría, que ese sentimiento que colmaba cada porción de su cuerpo, la hacía sentirse extraña e incluso avergonzada de sí misma. No podía creerlo: el Lórdezeit por fin había muerto.
Al día siguiente, se levantó temprano, dio el biberón a Xalara con la poca leche que le quedaba y después se fue al pueblo con la intención de adquirir algunos alimentos. Solo disponía de unos pocos mupios que tenía a buen recaudo en una caja de metal, escondida bajo una tabla suelta en el suelo del dormitorio. Lo hacía para eludir cualquier registro rutinario que los herederos pudiesen hacer en su casa.
El pueblo parecía haber recobrado la vida. No era exactamente igual a como la recordaba antes de la llegada de la Orden al poder, eso tardaría mucho tiempo en ocurrir, si es que llegaba a hacerlo, pero sí se le asemejaba bastante. La gente volvía a caminar libremente por las calles. Continuaban siendo pobres y estaban hambrientos, pero todo era diferente, porque ahora tenían esperanza.
La taberna de Burlen continuaba abierta y por suerte la tienda de Borguen también lo estaba. Cerca de la puerta de la tienda, un hombre repartía periódicos. Para sorpresa de Aura, se trataba de una edición del diario Las Comarcas, el cual estaba censurado por la Orden de los Herederos. Ellos usaban su propio periódico para difundir su campaña propagandística, eliminando el resto de diarios de información.
—¡Muere el Lórdezeit! ¡Alexios Kraus, nuevo presidente! ¡Comienza una nueva era! —gritaba el hombre, sosteniendo un ejemplar de Las Comarcas—. ¡Vamos, acérquense, la edición de hoy es totalmente gratis!
Aura se aproximó tímidamente y el hombre, con una enorme sonrisa, estiró el brazo para entregarle un ejemplar. Ella lo cogió con recelo y echó un fugaz vistazo a la portada mientras entraba en la tienda.
Dentro, encontró muy pocos enseres dada la escasa cantidad que Borguen guardaba en el almacén y la gran demanda que existía. Aun así, consiguió comprar leche para Xalara y algo de comida para ella.
Al pasar por delante de la taberna de Burlen cuando volvía a casa, un hombre con una edad parecida a la de Aura, con el pelo a media melena, gafas cuadradas, rollizo en comparación con la mayoría y que vestía un mandil negro remendado, salió corriendo detrás de ella.
—¡Eh, espera! —Aura se giró, sintiéndose aludida por los gritos: allí no había nadie más—. ¿Tienes un momento? Quería hablar contigo.
—Bueno, tengo un poco de prisa… —se excusó ella, haciendo ademán de marcharse.
—Solo será un momento, por favor, seguro que te interesa —Aura asintió con un gesto despreocupado—. ¿Sigues sabiendo crear licores?
La pregunta sorprendió a Aura, que no supo cómo reaccionar.
—Eh… sí, claro, supongo… —balbució con la voz atiplada.
—Ahora que he reabierto la taberna, necesitaré un nuevo distribuidor de bebidas, ya sabes… mi anterior proveedor, el señor Eldán…
—Sí, murió en el campo de dominio siendo convertido, lo recuerdo, yo estaba presente —aludió escueta.
—Me gustaría que tú fueses mi nueva distribuidora —dijo Burlen, sonando timorato.
Aura ya había deducido el ofrecimiento.
—Burlen, yo…
—Lo sé, pero no hace falta que me contestes ahora, puedes pensártelo y ya me dirás.
—Tendría que crear una destilería y no tengo los medios económicos para ello —arguyó Aura, un tanto aborrecida.
—Por eso no hay problema. He hablado con la mujer de Eldán y está dispuesta a cederte toda su maquinaria de forma totalmente gratuita.
—Bueno, en ese caso… lo podría montar en el sótano… supongo. Está bien, acepto.
—¿En serio? —preguntó Burlen, con un tono fluctuante.
—Sí, sí —contestó Aura—. Mañana volvemos a hablar y acordamos los términos.
—¡Oh, gracias! —Burlen abrazó efusivamente a Aura, que permaneció con los brazos adheridos al cuerpo y no le devolvió el gesto de afecto, pues no le gustaba el contacto físico.
—Gracias a ti —dijo Aura tras deshacerse del abrazo.
Luego reemprendió la marcha, sin dejar de barruntar la idea que acababa de aceptar.
Ya en casa, Aura bajó al sótano para ponerlo en orden e iniciar su proyecto de destilería. Tuvo que apretar la bombilla en el casquillo para poder iluminar una estancia vieja y polvorienta, que tenía el mismo tamaño que la cocina y estaba repleta de cajas roídas por los ratones.
A medida que limpiaba y ordenaba, tomaba forma en su mente una visión clara de cómo sería su nuevo espacio de trabajo. Imaginó los alambiques situados en una esquina, las mesas de trabajo en el centro, el área de embotellado y hasta visualizó una estantería repleta de botellas brillantes y etiquetadas con su propio logo.
Hasta después de cenar y dormir a Xalara en una especie de cuna que encontró entre los trastos del sótano y que aprovechó para colocar en la cocina, no tuvo tiempo de relajarse.
La tormenta que llevaba formándose durante toda la tarde en el oeste estaba descargando un diluvio sobre el pueblo de Yadarme en ese momento.
Aura, agotada, se sentó en la silla, reparando en el ejemplar del periódico Las Comarcas que tenía doblado sobre el mueble, al lado de la radio. Pensó en utilizar la arlasofía para atraer el periódico sin tener que levantarse, pero no se atrevió. A pesar de que en la calle pudo ver a varios que ya se habían aventurado a hacerlo, realmente nadie había dicho que estuviesen autorizados para usarla. Finalmente se levantó a por el periódico, aprovechó para azuzar el fuego de la cocina y volvió a sentarse.
El titular que ocupaba toda la portada en el periódico rezaba:
«MUERE EL LÓRDEZEIT, ALEXIOS KRAUS, NUEVO PRESIDENTE, “COMIENZA UNA NUEVA ERA”».
Al abrir la primera página, se llevó tal sobresalto, que a punto estuvo de caerse de la silla. Una foto de Alexios Kraus sonriendo ante las cámaras en el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede del Gobierno, ocupaba la mayor parte de la plana. Ella conocía a ese hombre: fue quien le trajo a Xalara apresuradamente y sin darle demasiadas explicaciones, a la mañana siguiente de la muerte de los padres de la niña. Volvió a observar la foto por si su mente le había jugado una mala pasada, certificando estupefacta, que era él sin lugar a dudas. Sobre la foto se desplegaba el siguiente título:
«COMIENZA UNA NUEVA ERA»
La pasada madrugada, el Lórdezeit fue asesinado. No se ha podido confirmar cuál fue la mano ejecutora, pero todo el mérito se le atribuye a un operativo secreto llevado a cabo por la O.C.H. Por lo tanto, podemos aventurarnos a decir que uno o varios miembros de dicha organización fueron quienes causaron la muerte al líder de la Orden de los Herederos.
A primera hora de ayer y como cada día, las personas pertenecientes a la tercera clase se subían a los trenes para acudir a los campos de dominio cuando, de repente, se vieron sorprendidos por una oleada de ataques perpetrados por integrantes de la O.C.H., quienes aparecieron de improviso, asesinando y arrestando a los herederos que controlaban el acceso a los trenes a lo largo y ancho de Las Cinco Comarcas.
Fueron demasiadas horas de incertidumbre tras los ataques, hasta que, pasadas las nueve de la noche, Alexios Kraus aparecía después de convocar a los medios de comunicación en el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede. Kraus, vestido con traje y corbata de color negro y con gesto de evidente nerviosismo, se colocaba delante de una multitud de periodistas para dar a conocer la noticia de la muerte del Lórdezeit y la total destrucción de la Orden de los Herederos.
Una rápida sucesión de golpes sacudió la puerta de la casa, Aura se estremeció y desvió la mirada del periódico, fijando su vista en la puerta.
Los golpes se repitieron enseguida, confirmando que había alguien al otro lado. Aura dejó el periódico sobre la mesa y se levantó sin arrastrar la silla. Echó un fugaz vistazo hacia Xalara, quien seguía durmiendo sin percatarse de los golpes, y se acercó despacio a la ventana situada junto a la puerta. Apartó con cuidado la cortina, se asomó a través del cristal emplomado y miró hacia el porche. Sin embargo, la escasa opacidad del vidrio y la condensación acumulada, le impedían distinguir nada, ni siquiera cuando desempañó con la mano una pequeña porción de cristal. Entonces pegó su rostro a la ventana, escudriñando la calle, y un destello repentino provocado por un relámpago, iluminó el exterior por completo, como si de pronto se hubiese hecho de día. Un rostro pegado al suyo estaba en la cara exterior del cristal. La mujer dejó escapar un alarido de espanto y retrocedió sobresaltada.
—¡Ábreme, Aura! ¡Por favor! —gritó la voz de un hombre, percutiendo con sus dedos en el cristal.
Por un momento pensó en abrir, pero ¿y si era uno de esos herederos que aún no habían sido atrapados? Muchas preguntas cruzaron su mente en unos pocos segundos, y sin saber muy bien el motivo que la empujaba a hacerlo, decidió abrir la puerta.
Bajo el porche y un elegante paraguas negro, se encontraba el flamante presidente de Las Cinco Comarcas. Alexios Kraus era un hombre alto y delgado, tenía el rostro pálido y el pelo moreno barrido hacia un lado. Vestía un traje y corbata de tonos oscuros, muy acorde con la moda de la alta sociedad.
—Buenas noches, Aura —saludó, clavando sus penetrantes ojos en los de la mujer—. ¿Puedo pasar?
Aura se quedó boquiabierta, incapaz de articular palabra alguna, y se limitó a apartarse de la entrada para darle el permiso de acceder a su casa. Cuando por fin reaccionó y después de cerrar la puerta, Aura le cogió el paraguas para dejarlo al lado de la pared.
—Oh, disculpe —dijo Aura, un tanto nerviosa—, pero no tengo nada para ofrecerle.
—No importa —contestó él—, un vaso de agua bastará. Y por favor, no me trates de usted.
Aura asintió y se apresuró a abrir el mueble colgado de la pared para coger un par de vasos.
—¿No usas la arlasofía para sacar los vasos? —preguntó Alexios, que se había acercado a la cocina de leña para secarse.
Aura se giró hacia él, con los vasos en la mano.
—No sabía que pudiese…
—Claro que puedes, ahora eres libre —respondió Alexios, enfatizando su última palabra.
—Está bien… —dijo Aura, depositando de nuevo las tazas en el mueble.
—Adelante, por mí no te cortes —aseguró Alexios, haciendo un gesto con las manos abiertas al ver su indecisión.
Ella respiró hondo, levantó su mano derecha en dirección al mueble, fijó la vista en los vasos y pronunció:
—Begagxio.
Inmediatamente, dos vasos se suspendieron en el aire. Aura los dirigió con su mano hasta posarlos en la encimera, junto al grifo del fregadero.
—Hacía años que no usaba la arlasofía, pensé que se me caerían al suelo —admitió complacida, limpiándose el sudor que le perlaba la frente.
Alexios soltó una risa suave.
Minutos después, estaban sentados a la mesa; gracias a que Aura había subido una silla del sótano. El presidente bebió un sorbo de agua con una mueca disimulada, antes de coger el periódico y observar con atención la portada.
—Ahora que eres el presidente, creo que será mejor que no leas mucho la prensa —comentó Aura, con una mezcla de sarcasmo y nerviosismo—. Seguro que no se convertirán en tus mejores amigos.
—Dicen que si no puedes con tu enemigo, únete a él, ¿no? —argumentó Alexios con un deje de ironía.
—Sí, cierto… —asintió Aura.
Ambos se miraron y sonrieron, pero ella mantuvo la mirada erguida durante muy poco tiempo, volviendo a sumergir sus ojos en el vaso.
—Dejemos de fingir y no actuemos como si no hubiera pasado nada —intervino Alexios—. Pregúntame todo lo que quieras saber y yo te diré si puedo responderte.
Aura negó sin levantar la vista.
—No sé —chasqueó la lengua—, quizá haya cosas que es mejor no conocer…
—¿Estás segura? —inquirió él.
—Sí, lo estoy —se reafirmó, dirigiéndole una fugaz mirada al presidente.
—Como quieras…
Alexios inspiró profundo y se levantó. Luego, con paso cansino, fue hasta donde estaba Xalara. Aura lo siguió con la mirada.
—Aún me cuesta creer que tus padres ya no estén, no se merecían ese final —comentó Alexios compungido.
—Pero… usted, quiero decir, tú, no los conocías —alegó Aura, que más bien le estaba haciendo una pregunta.
—En eso te equivocas.
—¿Los conocías? —preguntó fingiendo sorpresa, pues ya esperaba esa respuesta, tan solo intentaba sonsacarle información.
—Así es —confirmó Alexios con determinación, sin apartar la vista de Xalara, evitando que Aura viera sus lágrimas.
—¿Cómo…? —preguntó Aura, pero cesó en su intento al ver que él negaba—. Al menos ahora tendrás la oportunidad de vengarlos y hacerles justicia —añadió, adivinando los sentimientos del presidente.
—La venganza crees que sirve para algo hasta que la efectúas, y después te das cuenta de que en realidad no sirve para nada —reflexionó apesadumbrado.
Aura asintió con la mirada perdida.
—En fin… —Alexios se secó disimuladamente las lágrimas con el dorso de la manga y se volteó—. He venido a despedirme, Aura.
—¿Despedirte? —preguntó la mujer, saliendo repentinamente de su breve letargo.
—Ahora que soy el presidente, creo que lo mejor será que no me relacionen con vosotras, por vuestro propio bien.
—¿Qué quieres decir?
—Que me iré y no volveré hasta…
—¿Sin la niña? —preguntó Aura, deteniendo su argumento.
Alexios asintió en silencio.
—Maldita sea, Alexios —exclamó Aura, levantándose de la silla hecha una auténtica furia, perdiendo todos sus modales—. No puedo quedarme con ella, tienes que llevártela.
—Tienes que hacerlo —repuso él con un tono apaciguador y firme al mismo tiempo.
—¡Pero no ves que yo no tengo dinero para mantener a una cría! —objetó ella señalando hacia Xalara—. Ni siquiera tengo suficiente para alimentarme a mí misma.
—Puedo enviarte dinero todos los meses, si ese es el problema.
—No quiero tu dinero.
—En ese caso, seguro que encontrarás la forma de conseguirlo.
—Pero…
—Eres su madrina, Aura.
Estas últimas palabras actuaron como un bálsamo sobre los ánimos candentes de Aura. El presidente se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros.
—Créeme, es lo mejor. Cuando Xalara cumpla la mayoría de edad, vendré a visitaros y juntos le contaremos quiénes fueron sus padres. Hasta entonces, lo mejor será que no conozca la verdad. Lo ideal es que le cambies el apellido y nunca desveles a nadie su verdadera identidad.
Tras unos tensos segundos en los que imperó el silencio, Aura respiró hondo y asintió.
—Verdreven —soltó de pronto.
—¿Cómo dices?
—Verdreven —repitió Aura—. Ese será su apellido. Se llamará Xalara Verdreven y a quien pregunte, le diré que es la hija de una amiga de mi pueblo que ha muerto y que no tenía familia que pudiera hacerse cargo de la niña, y que yo, como madrina suya que soy, me he quedado con su custodia.
—Me parece una idea genial —declaró él.
Aura retrocedió, desligándose de las manos de Alexios.
—No he pedido tu opinión —respondió desdeñosa.
El presidente actuó como si no la hubiese escuchado y se volvió hacia Xalara, inclinándose para darle un beso en la frente. La niña dormía, ajena a la discusión que acababa de acontecer sobre ella.
—Nos volveremos a ver —dijo Alexios, con la voz quebrada por la emoción. Después caminó hacia la puerta—. Cuando Xalara cumpla los dieciocho años, volveré y efectuaré mi promesa —dijo como para sí mismo mientras recogía su paraguas—. Bueno, he de irme —anunció tras consultar su reloj de muñeca—. Es hora de regresar con mis obligaciones. Tienen que estar a punto de echarme de menos en el Palacio de la Sede. Mi coartada para escaparme hasta aquí ya se está excediendo en el tiempo y puedo provocar un auténtico problema de estado si no aparezco pronto.
Aura ni siquiera hizo amago de despegar los labios. Alexios abrió la puerta y echó un último vistazo hacia Xalara.
—En fin… que paséis buena noche.
El presidente cerró la puerta y se alejó de la casa, chapoteando por el sendero de barro hasta perderse entre la incesante lluvia y los truenos que continuaban bramando sobre el pueblo de Yadarme.
Aura miró el reloj de madera que había encima del mueble, el cual indicaba que faltaba un minuto para la medianoche, y decidió que ya era hora de subir a Xalara al dormitorio.
CAPÍTULO 2
LA TERCERA CLASE
Casi diecisiete años después, otro reloj mostraba exactamente la misma hora, pero este era metálico y estaba situado en la pared enmaderada de una pequeña habitación. Xalara Verdreven, sentada a un sencillo escritorio, tenía la vista inmersa en las páginas de un libro, bajo la luz cálida de una lámpara de mesa que alargaba la sombra de su figura al proyectarla en la pared.
Xalara se había convertido en una joven delgada, con la tez pálida y el rostro esbelto. Su cabello, oscuro y liso, reposaba sobre su hombro izquierdo para que de esa forma no le molestase al leer. Llevaba puesto un pijama gris y sus ojos castaños observaban cada detalle del libro ávidos de conocimiento.
Al cumplir Xalara los dos años, dividieron por la mitad el antiguo dormitorio, colocando un tabique de madera y transformándolo en dos pequeñas habitaciones de idéntico tamaño. El de Xalara, a pesar de su opinión, era bastante acogedor. Tenía una cama de hierro, estrecha y con un edredón de color arena húmeda. Un armario ropero estaba situado al lado de la puerta, mientras que encima del escritorio se hallaba el mueble preferido de la muchacha: una estantería esquinera repleta de libros que lindaba con la ventana, la cual estaba adornada con una cortina de dos piezas de lino blanco. En el tabique había colgado un pequeño calendario que mostraba la hoja del día viernes cinco de abril del año 715 d.U.
—¡¡Apaga esa luz y ponte a dormir, ya!! —la voz de Aura resonó desde el pasillo, asustando a Xalara, que cerró el libro de inmediato, dando la impresión de que estuviese ocultando algo—. ¡Mañana tenemos mucho trabajo!
—¡¡Ya voy!! —gritó Xalara, girándose hacia la puerta con el fin de lanzar su voz hacia el pasillo—. Qué pesada… —masculló al volverse hacia el escritorio.
Observó la portada del libro, que era de color amarillo y se titulaba: El Niño del Drácojor. Entonces se le ocurrió una idea. Abrió el cajón del escritorio, del cual sacó una pequeña linterna con forma de farolillo y se metió en la cama después de apagar la lámpara. Se cubrió por completo con las sábanas y el edredón, encendió la linterna, abrió el libro por la página donde lo había dejado y continuó leyendo a hurtadillas.
La relación entre Xalara y su madrina era extraña y distante. Aura siempre la había mantenido aislada del resto de personas del pueblo, negándole incluso la oportunidad de ir al colegio. Xalara intuía que, de algún modo, todo estaba relacionado con sus padres, pues cada vez que preguntaba por ellos, la respuesta de Aura era invariable: «Aún no estás preparada para saberlo», seguida de un repentino cambio de tema.
Xalara nunca entendió el motivo por el cual ella tenía que ser diferente al resto, pero, por otro lado, se sentía muy cómoda así, ya que le encantaba estar sola y pasar el tiempo acompañada de sus libros.
A pesar de no haber ido nunca al colegio, Xalara era una chica muy inteligente y con seguridad tenía más conocimientos que las personas de su misma edad. Aunque eso tampoco era decir mucho, pues apenas había con quien compararse. Aura le había comprado algunos libros a lo largo de los años y desde muy pequeña le enseñó a leer, escribir, contar y otras materias esenciales.
El único amigo que había tenido Xalara, llevaba ya muchos años viviendo en la capital. Aunque regresaba en algunas ocasiones a Yadarme, ya no era el mismo. Aura permitió que se relacionase con él porque la madre del niño era íntima amiga suya y siempre jugaban al lado de la casa, por lo que de ese modo podía tenerla controlada en todo momento.
Xalara estuvo leyendo hasta bien entrada la madrugada, cuando cayó en un sueño intranquilo repasando en estado de duermevela todo lo aprendido esa noche.
Al amanecer, un ruido proveniente de la habitación de Aura, que ya se levantaba para comenzar su jornada laboral en la destilería que tenían instalada en el sótano de la casa, terminó por despertar a Xalara. Ella se había quedado dormida con el libro haciendo las veces de almohada. Estaba cubierta por las sábanas, y la linterna permanecía encendida, jugando inconscientemente con el peligro de haber acabado ardiendo en su propia cama mientras dormía. El calor de las sábanas, sumado al que emitía la bombilla de la linterna, la habían hecho sudar, hasta el punto de que varias páginas estuvieron cerca de romperse al despegarlas de su mejilla.
Era consciente de que su madrina acababa de activar una cuenta atrás de diez minutos, puesto que era el tiempo que habitualmente le dedicaba al desayuno antes de empezar a trabajar. Después, si fuese necesario, pondría la casa patas arriba con tal de levantarla de la cama, de hecho, no habría sido la primera vez que aquello acontecía.
Xalara se sentía muy cansada. Aun así, decidió que lo mejor era no dejarse vencer por el sueño, ya que después levantarse supondría una gran hazaña. Lo más sensato era hacerlo antes de que Aura golpeara su puerta de forma estruendosa, así al menos se ahorraría tener que oír su voz acusadora antes de entrar en la destilería, pues luego sería inevitable.
Antes de vestirse, se apresuró en recogerlo todo. Metió la linterna en el cajón y colocó El Niño del Drácojor con el lomo hacia afuera, sobre los libros que colmaban la segunda balda de la estantería.
Al bajar las escaleras, se encontró de bruces con Aura. Su aspecto no había cambiado demasiado a pesar de los años, tan solo su cabello, que ahora lucía mucho más corto que antaño, sin obviar algunas arrugas que se habían pronunciado en torno a su boca. Ya ataviada con el esperpéntico mandil de trabajo, Aura se disponía a subir para despertar a su ahijada.
—Qué raro que te hayas levantado antes de que yo te despierte… —dijo Aura con tono mordaz—. Pero viéndote los ojos, no has debido de dormir demasiado.
Xalara, que esa mañana no tenía ganas de discutir con su madrina para variar, continuó sin responder y se dirigió hacia la mesa, donde ya la esperaban una taza llena de leche caliente y una rebanada de pan con mantequilla.
—Y date prisa, hoy tenemos que hacer la entrega antes de las diez —la apuró Aura, mientras abría la trampilla situada bajo las escaleras.
Xalara ni siquiera se molestó en asentir, en cambio asió la taza de leche y fingió no haber escuchado a su madrina.
Cuando Xalara bajó al taller de bebidas (nombre que ella usaba para referirse a la destilería, puesto que sabía que a Aura le molestaba), la estancia ya estaba impregnada de vapores y saturada de esas extrañas pestilencias que ella tanto detestaba.
El aspecto de la destilería era casi idéntico a cómo Aura lo imaginó diecisiete años antes. Repleta de mesas, estanterías, armarios, tanques de ebullición y alambiques que apenas dejaban espacio para el movimiento de dos personas.
—¿Qué leías anoche? —preguntó Aura, casi antes de que Xalara posase sus dos pies en el suelo del sótano.
—Nada, un cuento de niños.
Aura comenzó a remover con ritmo pausado el líquido de una olla que se calentaba sobre un quemador, al mismo tiempo que vertía en su interior el contenido de una probeta.
—¿Es que nunca te cansas de leer? —protestó Aura con un deje de desprecio, mientras se giraba para comprobar la temperatura del contenido en la válvula de control.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —contestó Xalara irritada.
—Porque leyendo no se gana dinero, y ya tienes edad suficiente para pensar más en trabajar y no tanto en leer libros de fantasía para niños —argumentó Aura con desdén—. Algún día esta destilería será tuya, y deberías poner más empeño en aprender de mí y dejar los libros solo para entretenerte en algún rato libre. Deja de perder el tiempo con estúpidas historias infantiles y céntrate en nuestro oficio, que es lo que te da de comer.
Xalara le dio la espalda, decidiendo que no iba a continuar con aquella burda conversación carente de sentido.
Aura siempre le negaba a Xalara cualquier intención de aspirar alto, pues según su opinión, debido a su clase social, no podían elegir otra opción que no fuese la de trabajar duro durante toda su vida para poder sobrevivir. Xalara siempre deseó realizar una carrera para tener una vida alejada de su madrina. Ese también era uno de los motivos por los cuales se pasaba tanto tiempo leyendo. Pero Aura se encargaba de recordarle que no tenían el dinero suficiente para llevar a cabo su obstinada aspiración y que jamás dispondrían de él.
Después de un rato sin hablar, Aura miró al reloj de la pared.
—¡Qué tarde es! —exclamó urgida de repente—. Hace diez minutos que deberías estar en la taberna.
Xalara, que estaba absorta ordenando botellas en la estantería, se sobresaltó tanto, que a punto estuvo de tirar una botella de daldron al suelo.
—Coge una caja vacía y mete cinco botellas de waisthe n.º 3 —dijo Aura indicándole con el dedo, pero sin dejar de atender las ollas.
En contraposición a su madrina, Xalara hizo gala de una actitud parsimoniosa para coger cinco botellas de contenido azul que estaban en la estantería y cuyas etiquetas rezaban:
N.º 127349807
WAISTHE
N.º 3
Elaborada por Aura Duarte
(Yadarme)
La única caja de cartón vacía estaba rota en una de sus aristas, a pesar de ello, Xalara no le dio ninguna importancia y metió las botellas igualmente.
—Llévaselas de inmediato.
—Vale.
Xalara comenzó a subir la escalera de mano, algo que se tornaba en dificultoso cuando además tenía que portar una caja con pesadas botellas de cristal en sus brazos.
—Ah, y dile que hasta que no te pague lo que debe, no le vas a dejar más pedidos. Esta es la última entrega que le das hasta que abone sus deudas de los tres últimos días, que suman un total de treinta y cuatro mupios. ¿Queda claro?
—Vale, que sí… —Xalara susurró las dos últimas palabras antes de perderse de vista por el hueco de la escalera.
En la calle, la mañana estaba templada. Xalara, ataviada con su inseparable cazadora vaquera, caminaba bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia. Fue por ello que consultó el estado de las nubes a través de los escasos huecos que dejaban las casi unidas copas de los árboles, temiendo que empezara a llover en cualquier momento. Las botellas matraqueaban dentro de la caja y a pesar de que ya iba tarde, no aceleró el paso en ningún momento. La discusión que había mantenido con Aura acerca de la importancia de la lectura no se alejaba de su mente. «¿Cómo se podía ser tan ignorante?». No era ni mucho menos la primera vez que mantenían una discusión con el mismo tema de por medio, pero cada vez que lo hacían, Xalara no podía evitar sentirse sola y extraña.
La chica negaba impotente, cuando al acercarse a la primera curva que dibujaba el camino, le llegaron las voces amortiguadas de un grupo de personas sentadas en uno de los numerosos bancos que había situados a lo largo del paseo del bosque. Xalara se detuvo en seco, asomándose entre la maleza para averiguar quiénes eran. Se llevó una desagradable sorpresa, pues se trataba de Samanta Zolian y su pandilla. Entre los que se encontraba el que un día fue su único amigo, Víliam Buendi, ahora conocido como Víliam Greyson tras adoptar el apellido de su padrastro.
Hacía meses que no lo veía, y al parecer había crecido varios centímetros en ese lapso de tiempo, aunque puede que solo fuese una apreciación suya. Además, en su rostro se había desdibujado la peculiar expresión taimada que tanto le caracterizaba.
—Cuando yo sea presidenta, estos pueblos desaparecerán y se convertirán en enormes campos de dominio, donde toda esa chusma que los habita trabaje sin descanso para nosotros —dijo Samanta con aires soñadores—. A vosotros, si os portáis bien, quizás os deje ser parte de mi Consejo de Gobierno.
—A mí me gustaría ser el consejero de la Moneda —intervino un chico moreno, con el pelo corto y la mirada perdida, vestido con un jersey de cuello alto y pantalón negro.
—Thionus, yo creo que, si te nombrara consejero de la Moneda, en poco tiempo serías capaz de convertir a la élite en tercera clase —opinó Samanta, con un tono que estaba a medio camino entre la broma y la seriedad.
Todos rieron, excepto el chico llamado Thionus, que miró ceñudo a Samanta.
—Venga, Thionus, no me mires así, sabes que en el fondo lo que te digo es cierto —adujo Samanta aplicando un tono más solemne, aunque no del todo sincero—. Yo creo que os nombraría de la siguiente forma: Magna, como prima mía que es, sería mi vicepresidenta; así el apellido de mi madre también estaría en lo más alto. A Yárely, lo nombraría consejero de Transportes, ya que le gusta muy poco caminar e intentaría mejorar cualquier medio de transporte que le evitase hacerlo. A Thionus… lo nombraría… —pensó poniendo una mano sobre el mentón—, consejero de Educación. Seguro que los niños de mi Gobierno no serían los más inteligentes, pero lo bien que nos lo íbamos a pasar con ellos no tiene precio. Además, siempre es mejor tener una sociedad idiotizada, así es mucho más fácil de manipular. Y, por último, como consejero de la Moneda, sin duda nombraría a Buendi, ya que él sabe lo que es ser pobre y no malgastaría el dinero de las arcas públicas. ¿Te parece correcto, Buendi? —le preguntó con un deje de burla.
Víliam asintió y forzó una sonrisa, retorciendo las comisuras de la boca en su rostro cubierto de pecas; una sonrisa que desapareció cuando Samanta dejó de mirarlo.
Con el fin de evitar problemas, Xalara decidió continuar su trayecto por un sendero escabroso, aunque esto implicara rodear el pueblo y llegar mucho más tarde a la taberna. Pero el sonido de las botellas delató su posición.
—¡Eh, Verdreven! —gritó Samanta, llamando la atención de la chica.
Por un momento, Xalara pensó en acelerar el paso y no acceder a lo que sin duda era una provocación. Sin embargo, no estaba dispuesta a otorgarle a Zolian la satisfacción de hacerle creer que huía por miedo a ella; así que volvió sobre sus pasos y continuó el camino con la firme intención de comportarse como si no estuvieran.
Con un brinco exagerado, Samanta Zolian se levantó del banco y se ubicó delante de Xalara, cortándole el paso. Era una chica sumamente delgada y de baja estatura, con el cabello rubio acariciándole los hombros y los ojos verdes grisáceos. Tenía un rostro arrogante pese a su palidez y vestía una cazadora de color negro.
Sus amigos no tardaron en colocarse tras ella, posicionándose como si fueran su escolta.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó Samanta ufana.
Xalara se apartó de ella para continuar su camino, pero Zolian volvió a cerrarle el paso con el brazo—. ¿Qué llevas ahí?
—¿Me dejas pasar? Tengo que entregar el pedido —solicitó Xalara, conteniendo su ira. Luego miró a Víliam, que no mantuvo por mucho tiempo el cruce de miradas.
—Venga, enséñanoslo, igual te lo compramos nosotros, seguro que te pagamos mejor que ese tabernero. Por lo que veo, con lo que te paga, no te da para cambiar de calzado —aludió Samanta, fijando su vista en las desgastadas botas de Xalara.
Los demás rieron tontamente, como si Samanta acabara de contarles el chiste más gracioso que habían escuchado en toda su vida.
—Vamos, Verdreven, abre la caja —terció Magna, con una voz exasperantemente aguda.
—No es asunto vuestro —zanjó Xalara, intentando reanudar la marcha sin éxito.
Zolian, espoleada por los murmullos de sus amigos, dio un paso más hacia Xalara.
—Ay Verdreven… Verdreven… qué maleducada eres, habrá que enseñarte a que respetes a la gente superior. Ya veo que tus padres no te han enseñado modales. Ah, no, espera, que no los tienes…
Samanta se volteó hacia su horda y todos rieron de forma exagerada. Después, volvió a dirigirse a Xalara.
—Begagxio —pronunció Zolian, al mismo tiempo que estiró su brazo hacia un lado.
Instantáneamente, la caja que sostenía Xalara salió volando de sus manos para acabar cayendo contra el suelo, provocando que las botellas se salieran y se rompieran por el impacto.
—Uy, perdón, ha sido sin querer —profirió Samanta con voz melosa—. Igual dependíais de todo eso para poder comer este mes. Pero no pasa nada, seguro que tu madrina la licorera puede fabricar más.
Todos reían a mandíbula batiente, pero el chico rollizo de mofletes colorados, situado detrás de Samanta, empezó a toser atragantándose con su propia risa.
—Tranquilo, Yárely, no vayas a morir en este cochambroso lugar al que esta gentuza se atreve a llamar hogar —dijo Samanta, dándole unas pequeñas palmadas en la espalda para intentar calmar la tos de su fornido amigo.
A diferencia de Yárely, Víliam parecía reír sin demasiado entusiasmo. De hecho, Xalara percibió que simulaba la risa, lo que era aún más patético.
Xalara respiraba de forma entrecortada, con el corazón tamborileando vigorosamente contra sus costillas. Llena de odio y rabia, cuando Samanta volvía su atención hacia ella, explotó de furia y la empujó con las dos manos, haciendo que cayese al suelo de espaldas y a los pies de sus amigos, manchando de barro su distinguido trasero.
Las risas cesaron al instante, tornándose en muecas de absoluta crispación. Víliam y Thionus se apresuraron en levantar a Samanta del suelo, cuyo lánguido rostro ardía de furia.
—¡Cómo te has atrevido a empujarme! —gritó Samanta, salpicando de saliva el rostro de Xalara, que le devolvía una expresión no menos iracunda—. Maldita seas tú y toda la mugrienta tercera clase. Ojalá el Lórdezeit hubiese acabado con todos vosotros, con gusto habría dado lo que fuese porque hubiera terminado su cometido. ¡Cogedla!
Sin vacilar, Víliam y Thionus se abalanzaron sobre Xalara, sujetándola cada uno por un brazo. Ella intentó zafarse de los chicos, pero eran demasiado fuertes.
Samanta, ayudada por su prima, se sacudió el barro y, sin mediar palabra, le propinó un potente puñetazo a Xalara. La chica sintió como si la nariz se le hundiera en el rostro, viéndose impelida hacia atrás cuando Víliam y Thionus la soltaron, golpeando su cabeza contra el suelo.
—¡Disfruta de tu estancia en el barro, que es el lugar al que perteneces! —vociferó Samanta con soberbia, antes de escupir al lado de Xalara. Tras ello, se dieron media vuelta y se fueron.
Cuando el sonido de los pasos se perdió en el bosque, Xalara intentó incorporarse, pero no podía poner en marcha ni un solo músculo. Notaba la sangre brotando de su nariz, resbalando cálida y húmeda por su rostro. Eso fue lo último que pudo percibir antes de que todo se fundiese a negro a su alrededor.
Al volver en sí minutos más tarde, vislumbró por un segundo una cara desenfocada, barbuda y circundada por un cabello desgreñado. Pero cuando su vista se recobró por completo, ya no había ni rastro de aquella cara. Era como si se hubiese evaporado y pensó que seguramente habría sido un efecto óptico provocado por el desmayo. Aunque su nariz palpitaba de dolor, parecía no estar rota o al menos eso era lo que deseaba. Se incorporó, y aunque la cabeza le daba algunas vueltas, enseguida recobró la compostura. Algo con olor a rancio le taponaba los orificios de la nariz, y un trozo de tela, al parecer arrancado de una camisa, le sobresalía en medio de la cara. El rostro que vislumbró al abrir los ojos no debió de tratarse de un simple efecto óptico, dado que era evidente que alguien le había cortado la hemorragia. Xalara terminó de levantarse y vio el líquido azul de las botellas desparramado y ya casi absorbido por el suelo, lo que la obligó a volver a casa sin entregar el pedido.
Aura limpiaba unos tallos en el fregadero del sótano cuando Xalara surgió por la trampilla.
—¿Te ha pagado? —preguntó de espaldas al oír su llegada.
—Más bien me han pegado… —contestó Xalara, aferrada a las escaleras, debatiéndose entre bajar o volver arriba.
—¿Cómo dices? —Aura se volvió hacia Xalara, arrugando el gesto al ver su tétrico aspecto—. ¿Qué te ha pasado?
La muchacha no respondió y volteó el rostro hacia la pared, ocultando la nariz con su mano.
—Xalara, ¿qué te ha pasado?
—Unos chicos me vieron por el camino y me rompieron la mercancía. No he podido llegar a la taberna.
—¿Unos chicos? ¿Qué chicos?
Xalara cerró los ojos, teniendo más ganas de irse a la cama que de dar explicaciones sobre lo acontecido.
—Samanta Zolian —dijo—; y su pandilla —añadió en voz más baja.
Aura respiró profundo, hinchando las aletas de la nariz para intentar serenarse, y preguntó con voz queda:
—¿Estaba Víliam?
—Claro… —confirmó Xalara con los ojos llenos de lágrimas.
—Como no… —susurró Aura, volviendo la vista hacia un lado—. Escúchame bien lo que te voy a decir. Con esa gente es mejor no meterse. Olvida lo ocurrido. Si los vuelves a ver, da la vuelta y ya irás más tarde, pero no te enfrentes nunca a ellos o eso solo nos traerá problemas, debes…
Xalara no pudo soportarlo más, comenzó a llorar y se largó subiendo las escaleras a toda velocidad para evitar que Aura la viera derrumbarse.
Se pasó el resto del día tirada en la cama, alternando entre momentos de llanto y la lectura del libro El Niño del Drácojor. Aura, que había ido a la hora de comer a llevarle un nuevo pedido a Burlen a la taberna, no acudió en ningún momento a molestarla. Parecía que, por una vez, estaba dispuesta a complacer el deseo de su ahijada.
La noche se tornó tormentosa en Yadarme, algo que se había convertido en la tónica habitual en los últimos días. Los relámpagos iluminaban con asiduidad el dormitorio y la lluvia azotaba el cristal de la ventana, alentada por la fuerte racha de viento que la acompañaba. Xalara decidió salir de la habitación para acudir al baño, donde se miró en el espejo y se destaponó la nariz, certificando que ya no sangraba, sino que estaba rojiza y un poco inflamada. Los ojos le escocían por haber llorado y se sentía agotada y hambrienta. Después de lavarse la cara, tomó la decisión de bajar a cenar, a pesar de que ver a Aura era lo último que le apetecía.
Cuando descendía por la escalera con un ritmo pausado, la tormenta rugió con tanta intensidad que hizo vibrar la barandilla donde apoyaba su mano. Era como si la tormenta quisiera anunciar su llegada a la cocina.
La mesa ya estaba lista. Aura se encontraba en la encimera, enfundada en su mandil gris de cocina, terminando de cortar unas rebanadas de pan.
—Ya era hora, pensaba que hoy querías cenar papel y letras —dijo Aura, tratando de sonar afable, aunque no lo consiguió del todo—, y sería una pena, porque he preparado tu cena favorita —añadió, señalando con la mirada hacia una tartera que había encima de la cocina de leña y que desprendía un embriagante olor a canela.
Xalara apenas alteró su mustio semblante y se sentó a la mesa sin pronunciar palabra, agradecida de que Aura no hiciese alusión a su deplorable estado físico.
Minutos más tarde, cuando ya daban las nueve, la tormenta parecía estar en su punto álgido. Madrina y ahijada cenaban en absoluto silencio, escuchando las noticias en la radio. Xalara solía quejarse por tener que escuchar el informativo mientras cenaban, argumentando que solo contaban malas noticias.
«Tras la reunión mantenida por el Consejo de Gobierno en la tarde de hoy, la consejera de educación, Fiona Vériva, anunció una rebaja significativa en la tasa de matriculación de las Academias de Licencias de Arlasofía. La medida afectará únicamente a las familias más desfavorecidas de Las Cinco Comarcas, dadas las dificultades que hasta ahora entrañaban para este colectivo debido al alto precio de la matrícula».
—Lo veo muy bien, ya es hora de que nos faciliten las cosas un poco, que parece que nunca se acuerdan de nosotros —citó Aura mientras mordisqueaba un trozo de pan.
Xalara negó con la cabeza muy despacio y sin dejar de cenar, no soportaba cuando Aura siempre se daba por mencionada al escuchar en las noticias algo que hiciese alusión a la miseria.
«Y ahora vamos con la información meteorológica. ¿Qué nos espera en los próximos días? —una voz distinta tomó el testigo—. En la Comarca Central, el ambiente seguirá fresco, aun así no esperamos lluvia, excepto esta noche en la que una tormenta no tardará en inundar las calles, sobre todo en la capital. En la Comarca del Sureste, se abrirán nubes y claros con intervalos de lluvia débil que tenderá a desaparecer muy pronto. En lo referente a la Comarca del Suroeste, el cielo estará despejado con temperaturas suaves, aunque eso sí, el viento de poniente soplará con intensidad a partir del mediodía de mañana. En la Comarca del Noreste, seguirán los intervalos nubosos, los cuales provocarán alguna tormenta ocasional en forma de granizo. Por último, en la Comarca del Noroeste, las tormentas continuarán siendo localmente fuertes y acompañadas de grandes rachas de viento. Pero tengo buenas noticias, ya que para el Día de la Libertad se espera un tiempo muy apacible en el total de Las Cinco Comarcas, al menos en lo que a lluvias se refiere. Todos deseamos que deje de llover en los lugares que ahora lo está haciendo y podamos celebrar el gran día como se merece.»
—Todos los años la misma tontería… —murmuró Xalara mientras daban paso a los anuncios en la radio.
—¿La misma tontería? ¿A qué te refieres?
—Sí, la misma tontería —insistió Xalara—. Cada año es lo mismo… el Día de la Libertad… —resaltó con tono mordaz.
—¿Pero tú sabes qué se celebra?
—Lo sé perfectamente, y deberíais olvidar de una vez por todas ese pasado, no recordarlo cada año.
Aura dejó de cenar y posó la cuchara en el plato, visiblemente contrariada.
—No lo recordamos, lo que hacemos es celebrar que se terminó.
—Eso es recordarlo —perseveró Xalara.
—Es una conmemoración, un canto a la libertad de nuestra sociedad.
—¿Libertad, dices? ¿De verdad crees que somos libres?
—Sí, lo somos —aseveró Aura.
—¿No te das cuenta? —protestó Xalara, mirando a su madrina—. Ni siquiera puedes usar la arlasofía porque no tienes el dinero suficiente para hacerlo.
—¿Qué sabrás tú lo que fue la Orden de los Herederos y lo que nos hizo pasar? —contraatacó Aura tras unos instantes en los que guardó silencio.
—Lo he leído en los libros —arguyó Xalara sin miramientos.
—¿Lo has leído en los libros? —Xalara asintió y Aura sonrió, aunque con evidente crispación—. Los libros no pueden hacerte sentir lo que realmente vivimos. El miedo se podía respirar a cada instante. Todas las jornadas veíamos a muchas personas conocidas caer reventadas por el trabajo forzado al que nos sometían, sabiendo que la próxima vez esa persona podrías ser tú. Y al caer la noche… —el labio inferior de Aura comenzó a temblar y su voz amenazaba con quebrarse—. Cuando la oscuridad se hacía dueña de todo… El terror y la impotencia que sentíamos al ver cómo esos… seres, nos consumían con su gélido aliento. Qué sabrán las páginas de un libro lo que es verlos acercarse en medio del más absoluto de los silencios; qué sabrán lo que es ver a una persona retorcerse mientras todos sus huesos se rompen y su piel se pudre en cuestión de segundos; qué sabrán lo que es ver su rostro desfigurarse en medio de la mayor mueca de horror que pueda darse. Dime, Xalara, ¿qué saben los libros sobre lo que es sentir todo eso?
—Y qué sabrá una estúpida ignorante como tú lo que dicen y te hacen sentir esos libros, si nunca has leído uno.
Aura respiró profundo, tratando de no alterarse demasiado.
—Lo primero, deberías mostrar más respeto y sobre todo más agradecimiento a la persona que te adoptó cuando murieron tus padres. Tenías tan solo diez meses y me la jugué por ti. Te crie, te eduqué y te enseñé un oficio, y ahora me lo pagas faltándome al respeto en cuanto tienes una mínima ocasión.
—Un oficio que odio.
—Somos lo que somos, Xalara, los de tercera clase no podemos aspirar a más. ¿Tanto te cuesta entenderlo?
—Somos lo que somos por culpa de gente como tú, gente que cree que solo puede ser mediocre y que no hay nada más —dijo Xalara aumentando progresivamente su enfado con cada palabra que pronunciaba.
—Simplemente algunos tienen la fortuna de nacer en el lugar y la familia apropiada, otros, sin embargo, deben buscar su camino —argumentó Aura.
—La sociedad ya no se divide en gente rica y gente pobre —Xalara se levantó arrastrando bruscamente la silla—. El reinado del Lórdezeit ha terminado, deberías recordarlo… —añadió sarcástica y con mal talante, antes de acometer las escaleras camino de su dormitorio.
La muchacha estaba fuera de sí, toda la rabia acumulada a lo largo del día se manifestaba en esos instantes. Entró en la habitación sin accionar la luz y cerró la puerta con un tremendo portazo que sacudió el marco. Sentía la necesidad de golpear algo y tiró al suelo de un manotazo el libro que yacía sobre el escritorio. Un relámpago iluminó la oscura habitación y Xalara vio su propio e iracundo rostro reflejado en el cristal de la ventana, donde se fusionaba con las gotas de lluvia que continuaban aporreando el cristal.
CAPITULO 3
LA VOZ DESDE EL RELOJ
Si tan solo te fijabas en ella, parecía estar ubicada en un lugar inhóspito, pero en realidad, ni siquiera había dos kilómetros de distancia con la ciudad de Bibrébem y tan solo unos cuantos metros de separación con la casa más cercana.
Situada en los lindes de un extenso pinar, la mansión estaba construida con ladrillos de color gris oscuro, colosales ventanales ocupaban gran parte de la fachada y en el tejado sobresalían varias chimeneas que compartían aspecto pero no tamaño. Una descuidada enredadera cubría gran parte de la fachada principal y de la valla que circundaba la mansión, y muchas tejas se habían desprendido de la cornisa y yacían en el suelo convertidas en añicos. Su diseño arquitectónico y estado de abandono le conferían un aspecto siniestro, acrecentado con los acontecimientos surgidos en las últimas décadas.
Sus legítimos dueños, los Nórebol, fueron una familia muy distintiva, siendo una de las más ricas y poderosas de Las Cinco Comarcas al ser los fundadores y propietarios del periódico más vendido, El Diario Nórebol, lo que los llevó a ser miembros exclusivos de la élite en menos de un año.
Los Nórebol eran una familia muy querida. Nicolás Nórebol, después de fundar el periódico, se había casado con Diana Rostein y juntos construyeron la mansión allá por el año 588 d.U., pero ya no quedaba ningún miembro de la familia con vida que pudiese reclamarla, por lo que había quedado abandonada a su suerte.
A pesar de que el último Nórebol hacía ya varios años que había muerto, nadie se atrevía a acercarse demasiado ni por supuesto a entrar en la mansión. Su último dueño y habitante había sido nada más y nada menos que Érmul Nórebol, o, el Lórdezeit, título que él se autoimpuso tras hacerse con el poder de Las Cinco Comarcas.
Los vecinos de la urbanización eran aficionados a chismorrear sobre misteriosas historias relacionadas con la mansión, casi todas ellas falsas o no del todo ciertas, pero todo ello sumaba para hacer de aquella edificación un lugar prohibido.
Sin embargo, unas pocas semanas atrás, un grupo de seis adolescentes animados por la osadía que concede la pubertad y en medio de la noche, saltaron la valla por la parte posterior y entraron en la mansión rompiendo una de las ventanas, y, solo uno de ellos, Drayan Dosten, logró salir con vida de la incursión; o al menos esa fue su versión de los hechos.
Aquella noche de luna menguante, Drayan salió corriendo de la mansión, horrorizado ante lo que acababa de presenciar y no se detuvo hasta alcanzar la base más cercana de los «cuero negro». Con ese sobrenombre se conocía a la Fuerza de Seguridad y del Orden de Las Cinco Comarcas, dado que vestían con chaquetas y pantalones de cuero oscuro.
Drayan irrumpió en la base haciendo un gran estruendo, su gesto reflejaba todo el terror que en verdad sentía.
—Los han convertido… a todos… a todos ellos… ha sido horrible… —informó Drayan resollando, intentando recuperar el aliento apoyando las manos sobre sus rodillas.
—¿A quién han convertido? ¿Qué ha pasado? —preguntó sobresaltado el cuero negro, que estaba medio dormido con la cabeza apoyada en el mostrador de la entrada antes de que el joven irrumpiese por la puerta.
—A mis amigos… un heredero… ha aparecido y los ha convertido a todos… con la ayuda de un reloj… —balbuceó con la voz tomada por el llanto, lo que, sumado a su fatiga, hacía que entenderlo fuese algo muy complicado.
—¿Un heredero? ¿Con un reloj? —preguntó el cuero negro extrañado.
—Sí, así es…
—Chico, como no te calmes y me lo expliques mejor…
—¡Ya se lo estoy diciendo! —gritó Drayan desesperado.
—No, hasta ahora no me has dicho absolutamente nada, cálmate, respira y después habla —le exigió el cuero negro comenzando a perder la paciencia.
Drayan tomó un poco de aire y soltó:
—En la Mansión Nórebol, hemos entrado y, nuestros relojes… es difícil de creer, pero nuestros relojes se volvieron locos… comenzaron a girar a toda velocidad… sin control. Yo les pedí que nos largásemos… pero no me hicieron caso. Después… llegamos a una sala en el último piso… donde había un reloj que también giraba a toda velocidad y de pronto… de pronto… —a Drayan comenzó a temblarle el labio inferior—, desde detrás de las sombras, apareció un heredero… entonces… desde el reloj surgió una voz que gritó algo muy extraño y los convirtió a todos, yo me libré porque me había quedado entretenido en la puerta observando un cuadro y… lo vi… vi en qué se convirtieron. Todo se quedó en silencio… dejé de oír hasta mi propia respiración y corrí… corrí sin mirar atrás hasta llegar aquí —recitó Drayan.
Transcurrieron unos eternos segundos en los que el cuero negro intentó recopilar toda la información.
—A ver si te he entendido bien… —dijo el cuero negro con una calma que Drayan no llegaba a comprender—. ¿Habéis entrado en la Mansión Nórebol?
—Sí.
—¿Y había un heredero, dices? —preguntó con recelo.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Sí —repitió Drayan perdiendo toda la paciencia—, y los convirtió a todos.
El cuero negro cogió un folio en blanco y un bolígrafo y comenzó a apuntar.
—Y los convirtió… —dijo repitiendo tontamente las palabras de Drayan mientras escribía—. ¿Y qué decías acerca de unos relojes?
—Ya se lo he dicho, nuestros relojes se volvieron locos, las manecillas giraban muy rápido, sin parar.
El cuero negro siguió apuntando con una insultante parsimonia y sus ojos, a través de las rendijas del pasamontañas, dejaban entrever un gesto atónito que delataba un total escepticismo. Drayan volvió a relatar los hechos, teniendo que hacerlo varias veces para que lo entendiera. Hasta que finalmente, al amanecer, decidieron montar un pequeño operativo y acudir a la Mansión Nórebol para comprobar si lo que relataba Drayan podía tener algo de veracidad.
Los cuero negro entraron en la mansión forzando la cerradura, tras comprobar que estaba bloqueada mediante arlasofía. Recorrieron cada rincón de la desastrada mansión en busca de algún indicio que apoyara el extraño relato de Drayan, pero lo único inusual que encontraron fue la ventana rota en la parte de atrás por donde los jóvenes supuestamente se habían colado, y esa era la única prueba que corroboraba la tesis del joven Dosten. En la mansión no había nadie y el reloj que Drayan señaló, marcaba la hora exacta y se comportaba de una forma normal y corriente, del mismo modo que los relojes de todos los que se encontraban allí presentes. Pero Drayan repetía tercamente lo que él había visto. Nadie lo creyó o eso es lo que dieron a entender, porque quizás ninguno quería inmiscuirse demasiado en algún asunto que estuviese relacionado con el Lórdezeit, ya que todo lo concerniente a él se había convertido en un tema tabú desde su misteriosa muerte.
Pocas horas después, los padres denunciaron la desaparición de sus hijos y Drayan fue arrestado en su casa como el principal sospechoso de la desaparición de los cinco jóvenes.
Fue interrogado durante días, pero Drayan no cambió ni un ápice de su versión de los hechos, sin embargo, nadie se creyó su truculento testimonio.
Pasaron los días, y al no encontrar ninguna prueba concluyente sobre la culpabilidad del chico, fue liberado y regresó a su casa, pero todos creyeron que se había vuelto loco y que él los había matado, dejando ocultos sus cadáveres en algún lugar cuya ubicación se negaba a compartir. Drayan se fue aislando cada vez más, incluso de su propia familia, los cuales daban a entender que tampoco lo creían. A diario tenía vívidas pesadillas durante las noches, recordando el terrible suceso que había presenciado en la Mansión Nórebol. Incluso dejó de ir a clase porque todos lo odiaban y lo llamaban asesino. Casi no comía y apenas salía de su dormitorio.
Un mes después de lo ocurrido aquella fatídica noche en la Mansión Nórebol, el aspecto de Drayan había cambiado de forma drástica, hasta el punto de parecer un cadáver andante. Durante la noche, después de haber sufrido por enésima vez la misma pesadilla, se levantó de la cama, subió al ático de su edificio, se asomó por la ventana para tomar el aire y una fuerza invisible hizo que se precipitase al vacío.
A la mañana siguiente, cuando encontraron su cuerpo sin vida, fue la excusa perfecta para dar por sentado lo que todos pensaron desde un principio: Drayan Dosten estaba loco.
La tormenta anunciada en el informativo de las nueve estaba descargando toda su furia sobre la ciudad de Bibrébem y sus alrededores.
Un heredero, pues su uniforme lo delataba, entró en el camino recto que conducía hasta la mansión, envuelto a ambos lados por una hilera de cipreses descuidados. Sus botas arrancaban crujidos de la grava húmeda mientras caminaba con aires petulantes y sin ningún tipo de paraguas que lo protegiese del intenso aguacero. Al final del camino se encontraba la imponente mansión, un claro en el cielo se abrió justo por detrás mostrando una vista parcial de la luna llena, que hacía resaltar el contorno del edificio como si estuviese señalando su ubicación.
La «N» de bronce que presidía la puerta de acero forjado, parecía vigilar desde una posición privilegiada todos los movimientos que realizaba el heredero. Este, después de atusarse el brazalete en su brazo izquierdo, abrió la palma de su mano frente a la cerradura y la giró en la dirección de las agujas del reloj, al mismo tiempo que pronunciaba la palabra:
—Oxditadunta.
La cerradura emitió un chasquido metálico, el heredero empujó la puerta y esta se abrió con un sonoro chirrido capaz de estremecer hasta al más audaz. Accedió a la antigua propiedad de los Nórebol y el suelo permutó de la grava a un piso adoquinado donde las malas hierbas se las habían ingeniado para aflorar entre las cavidades de los adoquines. El heredero levantó la vista hacia las ventanas más altas, antes de acometer los escalones que precedían a la puerta de madera de pino que daba acceso a la mansión. Cuando se halló frente a la puerta, levantó la manga de su abrigo para consultar la hora, pero las manecillas de su reloj de plata giraban a toda velocidad, sin ningún tipo de control. El heredero soltó una sonrisa nerviosa, por un instante se había olvidado de lo que les ocurría allí a los relojes. Volvió a repetir el mismo procedimiento que usó para abrir la puerta de la valla y traspuso el umbral. La puerta se cerró detrás de él como si lo hubiera hecho a su propia voluntad, a la vez que se produjo un relámpago que iluminó el amplio vestíbulo.
El suelo era de mármol gris, las paredes estaban revestidas con tallados paneles de madera de pino y abarrotadas con polvorientos retratos de antiguos miembros de la familia Nórebol. El olor a moho y tubería obstruida lo invadía todo, causando una sensación de ahogo.
El heredero abrió la palma de su mano, mirando esta hacia el techo y pronunció:
—Volter.
Los dedos de su mano se volvieron incandescentes, emitiendo un resplandor plateado. Ante el heredero se alzaba una elegante escalinata de madera, con el barniz bastante desprendido y adornada con formas curvas de hierro negro. El primer tramo de escalera estaba dividido por una estatua de bronce que representaba la imagen de un hombre a tamaño real con bombín y gafas, sosteniendo entre sus manos un ejemplar de El Diario Nórebol, el cual observaba concentrado. El heredero subió por la escalinata, dejando marcadas tras de sí las huellas húmedas de sus botas en la carcomida alfombra que cubría los escalones.
Cuando llegó al primer rellano, comprobó que el mecanismo del reloj de madera que había colgado de la pared también se comportaba de forma descontrolada bajo las telarañas que lo cubrían. Al llegar al cuarto y último piso, se internó en un lúgubre pasillo, situado en lo que ya podía considerarse como la buhardilla, allí se escuchaba el rumor del viento penetrando en la mansión por alguna rendija de gran tamaño. El pulso del heredero se aceleraba con cada paso que avanzaba y se disparó cuando atisbó una puerta que se distinguía de todas las demás porque estaba entreabierta y no cerrada. Apretó la palma de la mano para apagar el resplandor de sus dedos antes de asomarse apocado a la habitación.
La estancia, a diferencia del resto de la mansión, mostraba un aspecto impoluto, acorde a la magnificencia que un día debió poseer todo el edificio. Estaba limpia y ordenada, hasta tal punto que las maderas que recubrían cada centímetro cuadrado de la habitación refulgían en medio de la oscuridad. Las paredes estaban repletas de espejos que tenían un tamaño similar al de una persona de estatura media. Una escalera en forma de espiral ascendía hasta una segunda planta que lindaba con el tejado. No obstante, lo que más destacaba en la estancia, era un lustroso reloj de péndulo, en el cual sus manecillas y el propio péndulo giraban desbocados. Además, el reloj emitía una tenue luminiscencia vaporosa. Se encontraba anclado a la pared, encima de una chimenea ornamentada con unos finos detalles de bronce. A ambos lados del reloj había un par de lúgubres lámparas con forma de tridente, justo al lado de dos ventanas circulares que permitían el acceso a un poco de claridad.
—Ya creía que te habías arrepentido de ayudarme —dijo una voz espectral que surgió desde el reloj.
—Disculpe, señor, pero estuve hasta el último momento recabando información de vital importancia para usted —se excusó el heredero con voz trémula y también distorsionada, a pesar de ello, se le podía percibir un tono seco en la dicción.
—Deduzco entonces, que me traes nuevas noticias…
—Así es, señor.
—Vamos, toma asiento, no te quedes ahí parado en la puerta.
—Señor —asintió el heredero haciendo una media reverencia nerviosa.
Después se sentó en el sillón de cuero escarlata que estaba situado ante el reloj, dirigiendo una mirada de soslayo hacia el reflejo que le devolvían los espejos situados a su alrededor.
—Estás empapado.
—No tiene importancia, señor —dijo conduciendo toda su atención hacia el reloj.
—Y bien… ¿Cuáles son esas nuevas noticias?
El heredero carraspeó antes de hablar.
—Señor, la información que le di el otro día es equívoca —explicó con un tono rayano a la disculpa—. La chica no recibirá los Recuerdos el día que cumpla los dieciocho, sino el día siete de abril, es decir, mañana, dos días antes de su cumpleaños.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—Sí, completamente seguro, hoy he podido confirmarlo —asintió—. Ha habido cambio de planes, al parecer, ese día resultaba imposible viajar a la Comarca del Noroeste a visitar a una muchacha.
—Esto lo cambia todo… —emitió la voz espectral del reloj tras unos segundos de reflexión—. Sin duda precipita nuestros planes.
—¿Señor…? —cuestionó el heredero con una nota de inquietud.
—Tiene que hacerse esta noche.
—¿Esta noche? —profirió el heredero sobresaltado.
—Sí, esta noche.
—Pero… pero… señor, esta noche… Así no lo habíamos planificado.
—¿Ahora te entran las dudas? —preguntó—. ¿No crees que ya es un poco tarde para ello? ¿Acaso reniegas de tu lealtad hacia mí?
—No, no es eso, señor, por favor, no es eso, usted sabe que nunca podría dudar de mi lealtad —citó con un tono exageradamente devoto.
—No sería la primera vez que ocurriese.
—En el pasado me equivoqué, pero ya no soy así, usted lo sabe, he cambiado y me he redimido, usted lo ha visto.
—Yo sé muchas cosas… más de las que tú te crees.
—Por supuesto, señor, jamás me atrevería a ponerlo en duda.
—¿Seguro?
—Sí, seguro.
—Eres inteligente, pero no tanto como te crees… —dijo la voz del reloj con un tono de reprensión—. Sé que me estás mintiendo.
—No, yo no… —balbució el heredero en voz baja—. Nunca le mentiría, usted sabe que he cambiado, mi acto trayéndole aquí lo justifica.
—Da igual, no importa —sonó tajante la voz desde el reloj—, no seguiremos discutiendo algo que no nos llevará a ningún sitio. Tú estás ahí sentado y yo estoy aquí dentro y el tiempo corre en nuestra contra. La única forma de demostrar tu verdadera lealtad es que logres llevar a cabo la misión con éxito, y si tiene que empezar esta noche, así sea, y tú harás todo lo que yo te diga.
—Está bien, señor, si usted lo cree conveniente, se hará hoy, esta misma noche —después de una pequeña pausa agregó—. Pero, se me ocurre, señor, que quizás no sería necesario, que lo podríamos hacer sin ellos. Pensándolo mejor… yo mismo podría encargarme de quitarle a la chica los…
—¡No! —tronó la voz del reloj conmoviendo al heredero, que dejó de hablar al instante—. A ti te necesito aquí, a mi lado, además, para ti tengo reservados otros menesteres no menos importantes.
—¿Y de qué se trata, señor? —preguntó el heredero con una mezcla de pánico y atracción.
—Lo sabrás a su debido tiempo, si te lo digo ahora solo conseguiría distraerte. La misión que tienes que llevar a cabo esta noche es primordial, sin ella todo lo demás carecería de sentido.
—Está bien, como usted diga, señor —asintió—. Yo solo me ofrecía para facilitar las cosas.
—Pero es que las grandes vicisitudes nunca son sencillas, los grandes logros conllevan enormes riesgos y sacrificios —refutó la voz del reloj—. Por cierto… ¿Tienes algo que decirme acerca de Drayan Dosten?
—Al parecer, ayer por la noche se arrojó… por la ventana del ático de su edificio y murió. Los cuero negro han dado el caso por cerrado y han tachado al muchacho de perturbado.
La voz desde el reloj rio.
—Está claro que aún me siguen temiendo —dijo complacido—. Mi nombre todavía infunde respeto, ni estando muerto pierde su fuerza.
—Eso parece, señor.
El heredero se quedó callado y agachó la mirada hacia la mesa, cuando un relámpago cayó muy cerca de allí.
—¿Y a ti? —preguntó la voz desde el reloj tras unos segundos de silencio—. ¿Mi nombre te sigue infundiendo respeto, o al verme aquí encerrado ya no tanto?
—¿Señor? —dijo alzando la vista hacia el reloj.
—Señor… —repitió imitándolo con burla la voz del reloj—. No creas que no conozco tus intenciones, siempre las he sabido.
—¿A qué intenciones se refiere?
—Tú siempre has querido estar por encima de todos, no lo niegues, incluso de mí mismo. Siempre estás manipulando a todo el mundo con tal de alcanzar la cima y solo yo puedo estar ahí.
—Eso no es verdad —se defendió el heredero con voz enérgica.
—¿Afirmas que no solo yo puedo estar en lo más alto?
—No, señor, ni mucho menos quise decir tal cosa, tan solo me refería a que no manipulo a la gente para llegar a lo más alto, eso nunca lo he hecho —dijo secándose disimuladamente el sudor de las manos en el sofá.
—Sí que lo haces —replicó la voz desde el reloj, sin alterar el tono—. Es lo que siempre has hecho, enfrentar a unos con otros, traicionar a todo el que fuese necesario con tal de adquirir poder. Pero conmigo no tendrás ese problema, porque si llevamos a cabo todo el plan con éxito, te nombraré como mi mano derecha y podrás gobernar a mi lado —los ojos del heredero refulgieron a través de los orificios de la máscara, dejando entrever la repentina emoción que sentía al oír esas palabras—. Cuando tenga el libro en mi poder sabré qué hacer para terminar mi cometido, sin él, ahora mismo estamos a merced de la más absoluta incertidumbre.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que llegue hasta usted lo más pronto posible —manifestó el heredero con efusividad, desbordando un repentino optimismo.
—No me cabe ninguna duda de que lo harás…
El heredero hizo ademán de hablar, pero se arrepintió inmediatamente.
—¿Decías algo? —inquirió la voz desde el reloj al percatarse de ello.
—Es que… señor… a pesar de todo, me veo en la obligación de advertirle que el plan es demasiado arriesgado —repuso el heredero con voz queda—. Entrar será relativamente sencillo, pero llegar hasta ellos y sacarlos de allí… eso, es otra cosa bien distinta.
—Tenemos un plan, un muy buen plan, un plan muy elaborado. Tú cíñete a él y verás cómo lo consigues.
El heredero asintió.
—No le defraudaré, señor —dijo, y se levantó con una sospechosa prisa del sofá, tropezando con la mesa.
—¡Espera!
—¿Sí? Señor —dijo el heredero deteniéndose de inmediato.
—Antes de irte quiero que hagas una última cosa.
—¿No dijo que el tiempo corría en nuestra contra? —argumentó nervioso.
—Solo será un momento.
—Pues… usted dirá, señor.
El heredero se quedó en mitad de la estancia, esperando algún tipo de orden.
De pronto, cinco figuras espectrales afloraron desde el suelo hasta emerger por completo. El heredero retrocedió asustado.
—Te preguntarás por qué sigues teniendo el sentido del oído intacto estando en su presencia, muy fácil, porque yo así lo quiero. Ahora que ha pasado el tiempo, he de admitir que sentí lástima por aquellos chicos, sacrificar a cinco auténticos y jóvenes arlayinos no es plato de buen gusto para mí, pero era necesario, ¿lo comprendes?
—Sí, señor —respondió el heredero con una voz tan débil y entrecortada que casi era un agitado susurro.
—Dime, ¿qué se siente al tener un don que te distinga del resto, que te haga único y especial? —preguntó la voz del reloj.
—Perdone, señor, pero no sé si entiendo muy bien su pregunta.
—No, por supuesto que no, porque no sabes lo que es eso, no conoces esa sensación —le espetó la voz del reloj.
—Perdone, señor, pero sigo sin entenderle —admitió el heredero, cada vez más pávido, agarrotando los dedos de las manos por la angustia.
—Espera y verás, ¡ionlor! —rugió la voz desde el reloj.
Una de las criaturas hizo un rápido movimiento y posó sus manos intangibles sobre los hombros del heredero.
—¡Dat! —voceó la voz del reloj—. Laglor.
De inmediato, el espectro retrocedió y el heredero cayó al suelo de rodillas, temblando y jadeando ruidosamente al lado del sofá.
—¿Ahora lo entiendes? —preguntó ufana la voz desde el reloj—. Esto es lo que significa tener un don, una habilidad que te distinga de los demás. Por eso yo soy único y por eso solo yo puedo estar en la cima, y tú, al igual que el resto, me debes sumisión.
—Sí, señor —balbuceó el heredero, que acababa de apoyar las manos en el suelo para no perder el poco equilibrio que le quedaba.
—Realiza una vez más el juramento —demandó imperiosa la voz desde el reloj—. Realiza el juramento y prométeme lealtad eterna.
El heredero miró al reloj asintiendo y gateó realizando un gran esfuerzo hasta colocarse delante de él. Una vez allí, se incorporó apoyándose en el sofá para ir recuperando progresivamente la hechura. Cruzó sus manos sobre el pecho y, tambaleándose, fijó su horrorizada vista en el reloj para recitar:
—Juro ante ti y por ti, mi Lórdezeit, hacer todo lo que esté en mi mano desde este día y hasta mi último día, para que puedas cumplir tu cometido.
—Y yo te prometo que, si lo haces, serás mi segundo heredero, pero, si por el contrario fracasas u osas desafiar mi autoridad, serás castigado en consecuencia —le advirtió la voz desde el reloj.
—Señor —dijo el heredero asintiendo y separó los brazos del pecho muy despacio, por miedo a que volviesen a atacarlo si hacía algún movimiento brusco o inusual.
—Y ahora, ve y cumple con tu misión. Después regresa aquí con las nuevas noticias.
—Sí, señor, en cuanto concluya mi misión volveré para anunciarle nuestro éxito.
—No lo dudo.
El heredero caminó hacia la puerta sin perder de vista a los seres espectrales, que no dejaban de mirarlo con sus cuencas vacías.
—Señor —articuló el heredero con un gallo, deteniéndose justo antes de salir por la puerta—. ¿Y la chica? ¿Qué les digo que hagan con ella?
—Creo que es evidente.
CAPÍTULO 4
LOS PRESOS DE ÍVELMER
Pasada la medianoche, un zapato de elegante diseño estampó su huella sobre un charco de barro.
El refinado individuo que acababa de mojar su pie vestía una gabardina de tono oscuro y un elegante bombín se posaba sobre su testa. En su mano izquierda sujetaba un paraguas negro que le protegía de la intensa lluvia y en su derecha, agarrado con excesiva firmeza, portaba un maletín de gran tamaño con el escudo del Gobierno grabado en plata en una de sus caras. Un símbolo compuesto por cuatro aros que se unían en el centro mediante una estrella de cuatro puntas, todo ello envuelto por un círculo.
Después de proferir un bramido de lamento al comprobar que no le quedaría más remedio que continuar con el pie calado, dirigió su vista al frente, donde se encontraba una imponente edificación erigida sobre un terreno elevado que más bien parecía ser parte de él, evidenciando que había sido construida utilizando una cantera en ese mismo lugar.
En medio de aquel aguacero era difícil distinguir el final de sus tres descomunales y similares torres octogonales, las cuales estaban unidas mediante dos pasarelas que compartían la misma altura. El hombre de la gabardina solo atisbaba las cúspides durante los pocos segundos en que los focos de seguridad orientaban su potente chorro de luz hacia arriba. En el muro que rodeaba el recinto, con forma octogonal también, había numerosas atalayas situadas en cada una de las esquinas que dibujaba el polígono, en ellas afloraba una tenue luz y desde allí podían apreciarse las siluetas de quienes las ocupaban.
El hombre del paraguas caminó con aires decididos hacia la alta puerta de acero forjado del recinto, donde sobre ella destacaba un letrero de hierro anclado a las paredes y que indicaba: «PRISIÓN DE ÍVELMER». Cuando se encontraba a unos escasos veinte metros de distancia, un par de focos lo bañaron de luz y dos centinelas con el rostro oculto por un pasamontañas, asomaron en las atalayas que flanqueaban la puerta. El hombre de la gabardina se detuvo y apartó el paraguas para que pudiesen reconocerlo.
—Buenas noches, señor, es un honor tenerle aquí —saludó con un deje de extrañeza el centinela de la torre situada a la izquierda de la puerta.
El hombre de la gabardina hizo un gesto de asentimiento y volvió a cubrirse con el paraguas. El centinela corrió hacia el centro de su atalaya, apagó los focos y, al momento, el suelo pareció estremecerse antes de que el complejo mecanismo de apertura comenzara a ponerse en marcha de forma visible y estruendosa. Las enormes y robustas barras de acero que actuaban de cerrojos comenzaron a ser engullidas por el interior de la colosal estructura, produciendo un chirrido sordo y liberando a su vez otras barras de mayor tamaño. A continuación, estas comenzaron a deslizarse unas a la izquierda y otras a la derecha por medio de unos herrumbrosos raíles que provocaban unos torvos crujidos. Cuando todos los cerrojos se detuvieron, las puertas no tardaron en abrirse de par en par, dejando a la vista una nueva puerta contigua de acero macizo que daba acceso a una alargada edificación conectada con la torre del centro, cuya ubicación estaba ligeramente adelantada a la de sus hermanas.
El hombre del paraguas entró en el complejo penitenciario y tras él y con idéntico mecanismo al que utilizaron para abrirse, pero esta vez a la inversa, las puertas se cerraron. A continuación, tuvo que esperar bajo la lluvia y una farola que iluminaba de forma intermitente, hasta que medio minuto después la puerta se abrió hacia arriba con un sonoro crujido. Tras cerrar su aparatoso paraguas, el hombre cruzó el umbral del atrio.
Al final de un largo pasillo iluminado por unas luces incrustadas en el techo y dejando atrás diversas puertas, justo antes de una verja de hierro que bloqueaba la entrada al vestíbulo, se encontraba un guardia detrás de una mesa que, al igual que sus compañeros de las torres de vigilancia, cubría su rostro con un pasamontañas. Todos los integrantes de las Fuerzas de Seguridad ocultaban su verdadera identidad y su profesión al resto de ciudadanos, tras el decreto aprobado por el Gobierno unos años atrás. Decisión que tomaron después de que hubiese una oleada de asesinatos a diferentes miembros de los cuerpos de seguridad en todo el territorio. Incluso los guardias de Ívelmer vivían en el centro penitenciario durante meses, para que así fuese más difícil descubrir sus verdaderas identidades.
—Buenas noches. Bienvenido, señor —saludó cordialmente el guardia mientras el hombre de la gabardina le entregaba el paraguas para que se lo guardase en la taquilla de pertenencias—. ¿Qué le trae por aquí a estas horas?
—Asuntos privados del Gobierno —zanjó con un tono grave que denotaba que no quería dar explicaciones.
El guardia, entendiendo la situación, no indagó más a fondo, metió su mano por debajo de la mesa y extrajo una pegatina donde se leía en letra mayúscula: «VISITANTE».
—No creo que eso sea necesario —repuso el hombre de la gabardina con un deje de reproche.
—Oh, desde luego, señor, perdone, es la costumbre —se disculpó el guardia avergonzado, mientras tiraba la pegatina al suelo como si fuese algo prohibido de lo que tenía que deshacerse cuanto antes.
—Tampoco será necesario que me realice un cacheo ni que le enseñe el interior del maletín, dentro hay documentos confidenciales que conviene no toquetear —explicó con un tono solícito.
—No, señor, por supuesto, no se preocupe.
El guardia, apresurado de repente, comenzó a mover la palanca que estaba situada en la pared a su espalda, y marcó un código sobre una placa de metal que mostraba los números desde el cero al noventa, señalando tan solo las decenas. Al instante, unas pequeñas esferas de color naranja se encendieron sucesivamente hasta dibujar un círculo perfecto alrededor del soporte donde se anclaba la palanca, y la verja que daba acceso al vestíbulo se levantó hasta ocultarse por completo en el techo. El guardia abandonó su puesto tras el mostrador.
—Voy a buscar a un compañero para que le escolte durante su estancia.
—No será necesario —indicó el hombre de la gabardina, obligando al guardia a detenerse.
—Pero… señor… supongo que sabrá que aquí no existen las cerraduras comunes, todas las puertas funcionan por medio de contraseñas que hay que introducir mediante un mecanismo, si no correríamos el riesgo de que…
—Por eso tiene que traerme las contraseñas apuntadas en un papel.
—Está bien —el guardia pareció dudar—, si así lo desea… espere aquí, volveré enseguida.
El guardia salió corriendo hacia el vestíbulo. El hombre de la gabardina se ciñó el sombrero a la cabeza, como si no terminara de sentirse cómodo con él, y entró en el vestíbulo, donde en el centro se alzaba una escultura tallada en piedra que representaba el símbolo del Gobierno de Las Cinco Comarcas. A los lados, en los dos pisos de altura en los que se dividía el octogonal vestíbulo, había varias cabinas y oficinas con puertas metálicas, cristales de enorme grosor y diferentes letreros. En su interior había algunos guardias realizando diversas tareas, aunque otros simplemente dormitaban. A izquierda y derecha estaban las entradas a las pasarelas que conducían directamente a las otras dos torres, perfectamente señalizadas por unos letreros iluminados.
El guardia salió de una de las oficinas y caminó deprisa hasta el hombre del maletín.
—Aquí tiene —dijo el guardia sin reprocharle que no lo hubiera esperado donde le dijo, y le entregó un papel con todas las contraseñas de la prisión—. ¿Está seguro de querer deambular usted solo por el complejo? Podría ser peligroso.
—Es necesario que así sea, por eso le exijo máxima discreción. Como le he dicho antes, es un asunto secreto del Gobierno, usted ya me entiende.
—Sí, sí, señor, entiendo —asintió el guardia—, en ese caso, si tiene alguna duda sobre cómo introducir las contraseñas no dude en consultar a cualquiera de mis compañeros, y por favor, tenga cuidado.
—Gracias —dijo el hombre de la gabardina mientras comprobaba el papel con las contraseñas—. Puede regresar a su puesto.
El guardia asintió y se marchó.
El hombre del maletín caminó hacia el ascensor, situado al otro extremo del vestíbulo. Una de las baldosas del suelo se tambaleó bajo su pie mientras escuchaba cómo la verja de entrada al vestíbulo se cerraba chirriando.
Se colocó frente al ascensor, el cual permanecía cerrado por dos verjas, buscó la contraseña en el papel y mediante una palanca introdujo en el mecanismo el código numérico. Tras unos instantes de espera, el mecanismo se iluminó con unas luces anaranjadas y la reja que cerraba el hueco del ascensor, se elevó hasta introducirse por completo en una rendija. Acto seguido, la verja que protegía el ascensor en sí mismo imitó a su análoga, aunque esta lo hizo abriéndose en dos partes y ocultándose a izquierda y derecha. El hombre entró en el ascensor rozando el maletín contra las paredes metálicas del interior, y tuvo que buscar en el papel la contraseña que lo llevaría hacia el módulo siete e introducirla en otro mecanismo.
Tras hacerlo, las verjas se cerraron y, con un pequeño estrépito, el ascensor comenzó a ascender, provocando que el hombre de la gabardina perdiese de vista el vestíbulo y a un grupo de guardias que acababan de entrar charlando provenientes de la pasarela que conectaba con la torre tres.
Medio minuto más tarde y tras ver de forma fugaz el resto de plantas de la torre, el ascensor se detuvo con una débil sacudida, esta vez en la planta más alta de la torre uno. Las dos verjas, interior y exterior, se abrieron para dejar paso al hombre del maletín, que salió a un bloque lleno de celdas distribuidas en dos pisos que estaban conexos por una escalera de aluminio. Ningún preso parecía haberse percatado de la llegada del ascensor, puesto que además de barrotes de hierro, las celdas también tenían instalado un cristal grueso para evitar que los presos pudiesen proyectar su arlasofía al exterior, ya que no podía traspasar ningún tipo de material sólido.
El hombre del bombín caminó para recorrer el espacio que había desde el ascensor hasta la entrada a la pasarela que conducía a la torre dos, acompañado por el único sonido de sus pasos.
«Toc toc», el ruido le hizo voltearse hacia una de las celdas y vio a un preso alto y regordete, enfundado en un mono gris verdoso y con la cara pegada al cristal de su celda.
—Señor, ¿podría sacarme de aquí? —dijo el preso, o eso parecía decir, dado que su voz llegaba muy amortiguada por culpa del cristal.
Anhelando que el preso mantuviera su actitud calmada y no montara un escándalo, el hombre de la gabardina siguió su trayecto hacia la pasarela. Se detuvo antes de entrar y desde allí reemprendió la marcha remarcando los pasos como si estuviese contándolos.
La pasarela tenía una pobre iluminación, ya que unas lámparas estaban apagadas y otras encendidas. Una de las que estaban prendidas parpadeaba y expulsaba chispas. Al fondo del pasillo surgieron dos guardias que llevaban casi a rastras a un preso de gran estatura que se negaba a avanzar.
—Ha debido de haber un error, yo soy inocente, no estaba ese día en la ciudad. De verdad, deben creerme —se quejaba el preso resistiéndose a ser llevado por los guardias.
—Vamos, no seas terco —bramó uno de los guardias—. Al final va a ser mucho peor para ti si no te comportas como es debido.
—Pero es que soy inocente —insistió.
El hombre del maletín se detuvo y se apartó a un lado, pegando su espalda a la pared para que pudieran pasar sin estorbarse.
—Buenas noches, señor —saludaron los dos guardias casi al unísono.
El preso, que hasta ese momento no se había dado cuenta de su presencia, en un arrebato de fuerza, logró deshacerse del amarre de los guardias y se abalanzó sobre el hombre de la gabardina, apretujándolo contra la pared.
—¡Señor, ayúdeme, por favor, soy inocente! —gritó, pegando su rostro al del hombre del bombín.
Los guardias lograron reducirlo dándole un puñetazo en las costillas.
—¡Guarda algo en la cintura! —exclamó el preso mientras se revolvía en el suelo— ¡Lo he notado! ¡Esconde algo bajo la gabardina!
—Perdone, señor, nos hemos descuidado —se disculpó el guardia de menor estatura mientras terminaban de reducir al preso.
El hombre del maletín les ofreció un gesto que le restaba importancia a lo ocurrido mientras se atusaba la gabardina. Con mucho esfuerzo, los guardias lograron llevarse al preso. Los gritos de súplica se ahogaron en la distancia y poco después se escuchó el eco del sonido de la puerta de una de las celdas del módulo siete.
Los guardias volvieron a la pasarela, donde el hombre de la gabardina aún continuaba en el mismo sitio.
—Perdone lo de antes, es que ese preso tiene mucha fuerza —dijo el mismo guardia que ya se había disculpado.
—No hay nada que perdonar —adujo el hombre de la gabardina.
—¿Podemos ayudarle en algo?
—No, ustedes sigan con su trabajo —les recomendó desabrido.
Tras un efímero saludo, los guardias regresaron a la torre tres entre un halo de murmullos. El hombre del maletín esperó a que se perdieran de vista y reemprendió la marcha por la pasarela, remarcando todos y cada uno de sus pasos. Salvó con sumo cuidado la lámpara que emitía chispas, dio unos pocos pasos más y se detuvo en seco, después se giró de forma excéntrica hacia la pared de su derecha, sin perder la posición. Metió la mano en el bolsillo y miró hacia los lados para comprobar que se encontraba solo. Del bolsillo extrajo una especie de polvos de color dorado, los tiró al aire y fueron absorbidos por la pared, como si esta los hubiese aspirado. Volvió a comprobar una vez más que no hubiera nadie y dio un paso hacia el lugar de la pared por donde habían desaparecido los polvos, estiró un brazo temeroso y, al entrar en contacto con la superficie de la pared, esta se tragó su brazo y él dio un par de pasos al frente.
Tras un segundo de oscuridad y cosquilleo, el hombre del maletín se encontró en un estrecho pasillo por donde apenas cabían dos personas en paralelo, con las paredes hechas de un material parecido al hormigón pulido, lo cual le ofrecía un aspecto mucho más moderno que el resto de la prisión.
Al final del corto pasillo y custodiando una puerta de metal, se encontraban dos guardias recios, que parecían calcados el uno al otro.
—¿Cómo ha logrado acceder? —preguntó sorprendido uno de ellos.
El hombre del maletín comenzó a caminar hacia los guardias sin contestar a la pregunta. El otro guardia levantó la mano.
—No puede estar aquí, señor. Esta es una zona restringida, le aconsejo que se dé la vuelta y se vaya o me veré obligado a atacarle, señor —el hombre de la gabardina no se detuvo y siguió acercándose cada vez más a los guardias, como si estos no se encontrasen en su camino—. Se lo advierto por última vez, debe irse.
Los dos guardias, casi al mismo tiempo, posaron la mano en la empuñadura de su espada.
—Tenemos orden de matar si es necesario, sin importar de quién se trate —dijo el guardia desenvainando media espada.
Con un habilidoso y veloz movimiento de su mano izquierda, el hombre abrió la gabardina y desenvainó una espada lanzando a su vez un haz de luz hacia los guardias. El ataque logró su objetivo y después de golpear violentamente con sus espaldas contra la puerta metálica que había tras ellos, los guardias cayeron al suelo, dejando a la vista un sistema de cierre de engranajes y cerrojos que hasta ese momento ocultaban con sus cuerpos.
Como si lo detestara, el hombre de la gabardina se desprendió del bombín dándole un manotazo, después posó el maletín en el suelo, lo abrió soltando las pestañas de latón y sacó una máscara y un brazalete de heredero. Se puso la máscara para ocultar su rostro y acto seguido se colocó el brazalete sobre su bíceps izquierdo. Justo en ese instante, se percató de que uno de los guardias aún seguía con vida cuando este tosió y se sacudió de forma débil. El hombre, ahora con la máscara de heredero, se acercó al guardia y se encargó de que dejase de respirar.
El hombre de la máscara envainó de nuevo su espada y se agachó sobre los cuerpos sin vida de los guardias para registrar sus bolsillos posteriores, de los cuales terminó extrayendo un objeto que se parecía a un tornillo ancho, con decenas de ranuras verticales y provisto de una anilla que hacía las veces de tirador.
Tras pasar por encima de los cadáveres para acercarse a la puerta, insertó el peculiar objeto en el engranaje de mayor tamaño, por medio de una ranura que estaba situada en el centro de una semiesfera de cristal y rodeada a su vez por una lista de números que iban desde el cero al nueve. Tras comprobar que el objeto entraba sin resistencia, comenzó a girarlo a un lado y al otro, marcando cada número por medio del movimiento de una manecilla muy parecida a la de un reloj. Al terminar de introducir el código, los engranajes comenzaron a girar accionándose unos sobre otros y, los cerrojos que unían la puerta a la pared, comenzaron a abrirse en serie de arriba hacia abajo. A continuación, la puerta acorazada de acero, sin hacer apenas ruido, se abrió hacia la habitación que había al otro lado. El hombre de la máscara recogió el maletín del suelo y entró en la cámara.
Las paredes y el suelo eran idénticos a los del pasillo que la antecedía. Había cuatro puertas de acero, situadas dos a cada lado y cada una de ellas estaba bloqueada por dos hileras verticales de cerrojos. Todas las puertas tenían una mirilla situada a la altura de los ojos y otra a la altura de las rodillas, siendo esta de un tamaño más grande, y las dos podían abrirse mediante un tirador para deslizarlas por unos estrechos raíles. A la izquierda de cada una de las puertas, había un botón alargado dentro de una pequeña caja de metal, sin embargo, no existía ningún mecanismo para insertar contraseñas.
El hombre que ahora portaba una máscara de heredero se acercó a la puerta que quedaba justo a su izquierda, comprobando que en la mirilla estaba grabado el nombre del preso que ocupaba la celda: «Orfeus Eslamánder». Luego, dio un breve paseo por la habitación comprobando el resto de mirillas. Al lado de la celda de Orfeus estaba el nombre de Jerom Kéitel, en la puerta frente a esta, se encontraba el nombre de su hermana: Briana Kéitel, y, en el mismo lado de la habitación, frente a la de Orfeus, se hallaba la celda de Jeisa Suard.
El hombre de la máscara volvió sobre sus pasos, se acercó a la celda de Orfeus Eslamánder y abrió la mirilla, que se deslizó con total suavidad, como si en vez de deslizarse sobre unos raíles lo hubiese hecho por el aire.
Penetró un poco de claridad en la celda a través del cristal de la mirilla, pero en el interior solo se apreciaba vacío. De pronto, un adusto y escuálido rostro imberbe, con el pelo pobre y grasiento y ojos inestables de un color marrón oscuro que se escondían bajo unas sencillas gafas redondas con las lentes muy rayadas, apareció dentro del halo de la tenue iluminación, mirando fijamente y a través del cristal al hombre de la máscara de heredero. El preso, al reconocer la máscara, se acercó aún más a la mirilla, pero el hombre que estaba fuera la cerró de inmediato y, acto seguido, accionó el botón de la puerta. Los cerrojos, dispuestos a ambos lados, comenzaron a girar sobre sí mismos en un ángulo de noventa grados, conectándose unos a otros mediante una chispa y abriéndose en serie de arriba abajo. Cuando todos los cerrojos se abrieron, la puerta se elevó despacio hasta ser absorbida por una rendija que había en el techo.
Orfeus Eslamánder, vestido con un mono gris verdoso en cuyo pecho tenía grabado una serie de números de identificación, salió de la celda entrecerrando los ojos, molestos por la luz del exterior que no contemplaban desde hacía años. Entre ellos no hubo intercambio de palabras, tan solo un breve cruce de miradas. Entonces, el hombre de la máscara dio un paso al frente, extendió los brazos con las palmas abiertas y orientadas hacia las celdas de ambos lados y pronunció:
—Begagxio.
Al mismo tiempo, amplió todavía más el ángulo de sus brazos, tomando un contacto inmaterial con los botones de apertura de las puertas, que se accionaron al instante, provocando que las tres celdas restantes se abriesen de forma simultánea. Los presos salieron adoptando el mismo gesto que Eslamánder y bastante confundidos por lo que estaba sucediendo.
—¿Quién eres? —preguntó Briana Kéitel suspicaz; una mujer de baja estatura, con un rostro nada agraciado y ojos saltones, que le dirigió una mirada severa al hombre de la máscara.
—He venido a liberaros —anunció el hombre de la máscara, cuyo tono exhibía un deje de evidencia.
—¿Has matado a los guardias? —preguntó impresionada Jeisa Suard tras observar los cadáveres que yacían en el umbral de la puerta.
Ella era la más joven de todos los presos, tenía el pelo de un tono parecido al fuego y unos ojos color avellana hundidos tras unas lívidas ojeras. Estaba claro que en el pasado había sido una chica atractiva, pero los diecisiete años que llevaba encerrada en una celda habían hecho mella de forma inexorable en su aspecto.
—¿No es evidente? —comentó el hombre de la gabardina con impaciencia, debido a las preguntas tan innecesarias y certeras que le estaban realizando.
Jerom Kéitel, que era muy parecido a su hermana melliza, pero mucho más alto y fornido y con el mentón cubierto por una barba rala, se mantuvo con una pose impertérrita mirando en todo momento a su hermana, como si estuviese esperando a que ella le indicara qué debía hacer.
El hombre de la máscara hizo ademán de abrir el maletín y Orfeus se lanzó sobre él, agarrándolo por el cuello e inmovilizándolo contra la pared, provocando que el maletín se le cayese al suelo.
—Tranquilo, estoy de vuestra parte —dijo haciendo un gran esfuerzo para que se le entendiera.
—¿Quién eres? —preguntó Orfeus.
—Alguien que viene a liberaros.
—¿Quién te envía? —inquirió Briana Kéitel.
—El Lórdezeit.
—¿El Lórdezeit? —preguntó Orfeus, haciendo chirriar los dientes.
—Mientes —protestó Briana.
—El Lórdezeit murió —refunfuñó Jeisa Suard.
—Eso es lo que todos creen, pero sigue vivo, aunque de una forma diferente —explicó tosiendo y casi sin aliento, sus ojos suplicaban clemencia a través de la máscara.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Briana.
—Ahora no hay tiempo para eso. No tardarán en darse cuenta de que os he liberado, recibiréis más explicaciones cuando hayamos salido de la prisión.
—¿Qué guardas en esa maleta? —continuó Briana, señalando el maletín.
—Son unas máscaras de heredero y unos brazaletes. Son para vosotros, para ayudarnos a escapar.
—¿Con el símbolo del Gobierno? —preguntó Briana con recelo, y efectuó un gesto a su hermano, que se agachó para comprobar el contenido del maletín, tras lo que todos vieron que decía la verdad.
—¿Cómo vamos a escaparnos? La prisión estará infestada de guardias —exclamó Orfeus.
—Suéltame y lo verás.
Orfeus miró a Briana buscando su aprobación y ella le afirmó para que lo hiciese.
Eslamánder soltó al hombre de la máscara y este se apresuró a abrir su gabardina, dejando a la vista de todos cinco espadas envainadas en su cintura.
—Vale, pues entonces no perdamos más tiempo —dijo Briana Kéitel al ver las espadas.
El hombre de la máscara soltó de su cinturón las armas y entregó una a cada preso. Después, estos cogieron una máscara y un brazalete del maletín y se los colocaron con premura.
—Fuera tengo escondidos abrigos y botas para completar el uniforme —apuntó el hombre de la gabardina.
Justo en el momento en que terminaban de ponerse las máscaras y brazaletes, la alarma de riesgo de fuga se activó y comenzó a sonar de forma estruendosa. Las lámparas del techo cambiaron su tonalidad habitual adquiriendo un color rojo y una iluminación intermitente.
—Vamos, deprisa, tenemos poco tiempo —señaló el hombre de la gabardina, y los presos, guiados por él, abandonaron a toda prisa la habitación donde habían pasado encerrados los últimos diecisiete años.
Salieron pisando por encima de los guardias y, Orfeus, siendo el último en hacerlo, se apartó la máscara y escupió sobre los cuerpos sin vida.
En el pasillo, atravesaron la pared detrás del hombre de la gabardina y accedieron a la todavía desértica pasarela.
—Estad alerta —los advirtió el hombre de la gabardina echando una rápida mirada hacia atrás.
Corrieron bajo las intermitentes luces rojas y acompañados del sonido de la alarma hasta el módulo siete de la torre uno, donde el tranquilo y silencioso ambiente que reinaba hacía tan solo unos minutos, ahora se había convertido en una auténtica algarabía. Los presos golpeaban los cristales de sus celdas mientras gritaban toda clase de improperios.
El hombre de la gabardina se colocó delante del ascensor, que por suerte aún continuaba en ese piso, e introdujo el respectivo código numérico. Cuando las verjas se abrieron, respiró aliviado al ver que aún no se habían bloqueado; de momento, todos los pasos del plan que podrían torcerse le estaban saliendo bien.
Se disponían a entrar en el ascensor cuando de repente, un rayo de luz plateada cruzó la estancia e impactó directo en la espalda de una desprevenida Jeisa Suard, que cayó de bruces al suelo, totalmente inerte y con una mancha roja que se extendía deprisa por la espalda de su mono de presidiaria.
El hombre de la gabardina volteó su mirada y vio a dos guardias que enarbolaban sendas espadas en la entrada de la pasarela que acababan de abandonar.
La respuesta de Briana Kéitel no se hizo esperar.
—¡Pagaréis por esto! —gritó fuera de sí Briana mientras agitaba su espada con una gran habilidad.
El hombre de la gabardina vio cómo las verjas se cerraban y se interpuso entre ellas para impedirlo, con la absoluta certidumbre de que no se volverían a abrir de nuevo si completasen el cierre.
Briana seguía con su feroz ataque hacia los guardias que, en ese momento, solo se concentraban en repeler la brutal ofensiva de la reclusa. Su hermano y Orfeus intentaron ayudarla, pero se vieron eclipsados ante semejante derroche de poderío y no supieron cómo introducirse en la disputa.
Uno de los guardias logró lanzar un rayo hacia Briana, que terminó colisionando en el aire con uno que venía en su contra, provocando una explosión plateada que iluminó el módulo siete, arrancando destellos de los barrotes y cristales a través de los cuales los reclusos contemplaban la escena.
Briana prosiguió su ofensiva y logró herir a uno de los guardias que, tras unos instantes de titubeo, cayó de bruces al suelo, con la sangre borboteando en su abdomen. Briana se quedó entonces en una lucha cuerpo a cuerpo con el otro guardia.
—¡Vamos, daos prisa, acabad con él! —gritó el hombre de la gabardina, que comenzaba a doblar las rodillas bajo el empuje de la verja del hueco del ascensor.
Un haz de luz lanzado por el guardia logró esquivar la defensa de Briana y pasó a escasos centímetros de su cara, siendo desviado por Orfeus en última instancia hacia el techo, haciendo estallar una de las lámparas.
El guardia aprovechó el momento de confusión y corrió para meterse dentro de la pasarela, quedando así fuera del alcance de Briana, que se vio forzada a modificar su posición para buscar el blanco.
—¡Entrad en el ascensor! —gritó desesperado el hombre de la gabardina, que apenas lograba mantenerse erguido ante el empuje de las verjas.
Orfeus lo vio y acudió en su ayuda. Juntos lograron sostener las verjas, que aun así seguían empujando con fuerza.
Briana se movía sigilosa, buscando al guardia en el interior de la pasarela, obstinada en concluir su venganza. Jerom caminaba detrás de su hermana, que le hizo un gesto para que se quedara atrás y no la siguiera. El golpeteo de los presos sobre el cristal de sus celdas y la incesante alarma, le impedían escuchar si el guardia se movía de sitio o si, por el contrario, estaba escondido tras alguno de los salientes de la pared.
La reclusa se asomó cuidadosa a la pasarela, donde en apariencia reinaba la soledad, aunque duró poco, pues un haz de luz emergió directo hacia ella desde detrás de uno de los salientes de la pared. Briana estaba precavida y bloqueó el ataque con su arma, aunque estuvo muy cerca de perderla por la brutal ignición que el ataque produjo en la guarda de su espada. La heredera reaccionó enseguida y osciló el brazo, haciendo que su espada disparase un rayo hacia el guardia, que lo esquivó volviendo a ocultarse tras el saliente, y el ataque, sin encontrar obstáculo alguno, cruzó toda la pasarela hasta perderse dentro de la torre dos. El guardia no tardó en asomarse para lanzar otro rayo a Briana, que se apartó con un hábil movimiento al tiempo que disparaba un haz de luz, el cual logró impactar de lleno en la espada de su oponente, haciendo que el arma saliese volando por los aires, quedando lejos del alcance físico de su portador. El guardia, aturdido por la pérdida de su arma, dudó un instante que fue fatal para él, pues cuando quiso reaccionar y volver a esconderse, otro haz estallaba en su pecho haciendo que la sangre salpicara el saliente.
Tras completar su venganza, Briana corrió hacia Jeisa Suard, a la que puso boca arriba para comprobar que estaba muerta.
—¡Vamos, déjala, no hay nada que hacer! —gritó el hombre de la gabardina.
Jerom permanecía fuera del ascensor, sin perder de vista a su hermana melliza, que cerró los ojos de Jeisa, recogió la espada de esta y corrió hacia el ascensor arrastrando con ella a su hermano y colándose ambos bajo los brazos del hombre de la gabardina y Orfeus, que soltaron las verjas para que se cerraran. El hombre de la gabardina se apresuró en introducir el código, pero el ascensor no se movió ni emitió tipo de sonido alguno.
Repitió el procedimiento, pero siguió sin suceder nada, al parecer el sistema ya se había bloqueado.
—¡Maldita sea! —se lamentó golpeando con furia el mecanismo, tras lo que, sorpresivamente, el ascensor comenzó a descender haciendo varios amagues de detenerse, como si intentara bloquearse y no pudiera conseguirlo.
Durante el descenso nadie abrió la boca, estaban demasiado expectantes por ver lo que ocurriría a continuación.
Cuando el ascensor se detuvo por completo, se encontraban en el vestíbulo, y antes de que se abrieran las verjas, el hombre de la gabardina atisbó lo que había fuera: al menos una docena de guardias armados los esperaban colocados en posición de semicírculo en torno al ascensor y empuñando las espadas en ristre. Enseguida varios guardias más aparecieron provenientes de las pasarelas, sumando al menos una veintena, algunos de ellos estaban situados en la planta superior del vestíbulo.
—¿Qué hacemos ahora? —susurró Orfeus Eslamánder al oído del hombre de la gabardina, que parecía bloqueado ante la situación que enfrentaban mientras se abrían las verjas del ascensor.
—Hasta aquí han llegado —anunció autoritario el guardia que se encontraba tras la escultura en el centro del vestíbulo—. Están rodeados, tiren las armas al suelo, pongan las manos sobre la espalda y salgan muy despacio del ascensor.
—Quietos —murmuró el hombre de la gabardina a los presos.
—No esperaba esto de usted, ha traicionado a Las Cinco Comarcas. Le tenía por un hombre honesto, ya veo que las apariencias engañan, todo era una farsa —lamentó el guardia.
—Seguid quietos —ordenó el hombre de la gabardina a los presos en voz baja.
—Ustedes son cuatro, contra… ¿Cuántos?… ¿Veinte? —indicó el guardia mirando a su alrededor—. Es muy sencillo, tiren las armas y se acabó, no tiene que morir nadie hoy.
—Pero es que ya ha muerto gente —replicó el hombre de la gabardina con un tono que sonó apaciguado.
—¿Cómo dice?
Casi antes de que hubiese concluido la pregunta, el hombre de la gabardina levantó su espada y lanzó un haz de luz hacia el guardia, este lo contuvo a duras penas con su espada, pero la fuerza del choque hizo que el arma rebotara contra su frente, provocando que cayera al suelo por la intensidad del golpe.
Transcurrieron unos instantes en los que pareció detenerse el tiempo antes de que alguno de los presentes reaccionara a lo ocurrido.
—¡¡Matadlos a todos!! —bramó el hombre de la gabardina a la vez que salía del ascensor atacando a los guardias.
Los presos salieron tras él y, al momento, se vieron acribillados por una lluvia de rayos que provenían de casi todas las direcciones, a los que respondieron con la misma fiereza.
Los haces de luz volaban de un lado y del otro, muchos de ellos encontrándose a medio camino y provocando estruendosos estallidos de luz plateada que se entremezclaba con la intermitente iluminación rojiza de las lámparas del techo.
El hombre de la gabardina arremetió contra uno de los guardias alcanzándolo en el pecho, lo que hizo que cayera al suelo con una mancha de sangre que se extendía por su uniforme.
Briana Kéitel, empuñando una espada en cada mano, corría bordeando una de las paredes mientras disparaba a dos guardias que huían ante el empuje de la reclusa. Un haz de luz proveniente del otro extremo del vestíbulo pasó rozándole la oreja y terminó impactando en la ventana de una de las oficinas, que explotó salpicándola con centenares de diminutos cristales.
Uno de los guardias ubicado en el piso superior, lanzó un ataque que estalló en la pared entre Orfeus y Jerom, creando un pequeño cráter refulgente al lado del ascensor. Jerom levantó la mirada y le disparó un rayo que le acertó directo en la cintura, provocando que el guardia, que se asomaba por la barandilla preparado para volver a atacar, cayera muerto al piso de abajo.
—¡Bien hecho, Jerom! —lo felicitó Orfeus, que salió corriendo hacia adelante para esquivar un ataque lanzado desde una posición elevada.
Tres guardias rodearon de inmediato a Jerom, que lejos de amilanarse, sacó su instinto asesino. El heredero respondió a la ofensiva con un potente ataque lanzado con las dos manos puestas en la empuñadura de su espada, encontrándose en el aire con el recién enviado rayo de un guardia y explotando ambos a escasos centímetros de la cara de este, provocándole unas heridas mortales. Con los ojos todavía vidriosos por la intensidad del destello, Jerom vio cómo los otros dos guardias lo tanteaban girando en torno a él sin decidirse a atacarlo.
Briana, que ya había conseguido deshacerse de los dos guardias a los que perseguía y de otro más que se le había acercado por la espalda, entró en una de las pasarelas y subió a la planta superior, intentando sorprender por detrás a dos guardias que disparaban hacia la posición de Orfeus. Uno de los guardias se percató de ello y se giró para atacarla, pero Briana ya le había lanzado un haz de luz que le alcanzó en la cara. Se preparó para acabar con el otro, pero la puerta de una de las oficinas se abrió de repente y unos brazos musculosos la agarraron por el cuello y tiraron de ella hacia abajo hasta ponerla de rodillas en el suelo. La heredera intentaba zafarse del guardia, que estaba cerca de cumplir su objetivo. Con la vista empezando a velarse por la falta de oxígeno, vio un resplandor que la envolvía y supo que se estaba muriendo.
—¿Estás bien? —le preguntó Orfeus mientras la ayudaba a incorporarse, ella, aunque aturdida, asintió tosiendo y masajeándose el cuello donde tenía dibujado el brazo del guardia, que yacía a su lado con los ojos muy abiertos y tumbado sobre un charco de sangre.
Desde allí arriba vieron cómo Jerom seguía en disputa con los dos guardias tanteando alrededor suyo y, en el centro del vestíbulo, atisbaron cómo el guardia que se había dirigido a ellos para que se rindiesen, se levantaba detrás de la escultura y se quitaba el pasamontañas, dejando a la vista una enorme brecha abierta en el centro de su frente. Unos haces de luz plateada llegaron procedentes de la escalera, Orfeus apartó a un lado a Briana y uno de ellos pasó rozando la cabeza del recluso, estallando y abollando la puerta de la oficina que tenían tras ellos. La máscara de Orfeus se desprendió de ese lado, dejando a la vista la cara y una oreja ensangrentada. Briana, totalmente enloquecida, comenzó a atacar a los tres guardias que acababan de aparecer en la planta superior, y lo hizo con tanta fiereza, que las dos espadas que blandía se convirtieron en un par de manchas borrosas en el aire.
Abajo, en el centro del vestíbulo, el hombre de la gabardina se encontraba inmerso en una igualada batalla con el guardia de la brecha en la frente, que ya había recuperado la compostura. A unos metros de distancia de ellos, Jerom acababa de matar a uno de los dos guardias con los que se enfrentaba y, con otro hábil y sorprendente movimiento, levantó su espada por encima del hombro, dirigiéndola hacia atrás y lanzando un haz de luz al oponente que se encontraba a su espalda, viéndose tan sorprendido que no pudo defenderse. El guardia chocó contra la pared y resbaló por ella hasta quedar tendido bocarriba en el suelo, con el pecho ensangrentado y el uniforme humeante.
El sonido de explosiones y gritos se había ido apagando a medida que los guardias fueron cayendo uno tras otro. Tras asesinar Briana a los últimos guardias del piso superior, ya solo quedaba activa la batalla que libraban el hombre de la gabardina y el guardia de la brecha en la frente, que seguían midiendo sus escasas fuerzas en el centro del vestíbulo.
—Vamos, ríndete, ya solo quedas tú —dijo el hombre de la gabardina resollando por el esfuerzo, tras desviar el último ataque lanzado por el guardia, al que también se le notaba muy fatigado.
El guardia de Ívelmer pareció sacar fuerzas de donde no las tenía y volvió a arremeter contra su oponente. El hombre de la gabardina alzó la espada sujetándola con las dos manos, soportando a duras penas el empuje de los rayos que explotaban sobre su trémula espada mientras le abandonaban las pocas fuerzas que le quedaban.
La ofensiva del guardia no cesó y la espada del hombre de la gabardina, que no podía hacer otra cosa que defenderse, acabó saltando de sus manos, dejando a su dueño a merced de su oponente, que remarcó un gesto triunfante con la sangre corriéndole desde la frente hasta la boca, tiñendo de rojo labios y dientes. El guardia levantó la espada para terminar la pelea, pero entonces, proveniente de la planta superior, un haz de luz alcanzó su espada provocando que esta saliese despedida, dejando a su portador desarmado.
El guardia se volteó y vio a Orfeus Eslamánder preparando un nuevo ataque. No esperó a que lo rematase, sino que se subió encima de la escultura y saltó abalanzándose sobre el hombre de la gabardina, cayendo ambos al suelo enzarzados en una disputa de puñetazos y golpes infamantes. Los dos contendientes intentaban de forma desesperada recoger del suelo la espada que yacía cerca de ellos.
Finalmente, el hombre de la gabardina logró hacerse con la espada. El guardia, al percatarse de ello, se levantó con el terror de quien ve inminente su muerte reflejado en el rostro, y retrocedió unos pasos sin dar la espalda al hombre de la gabardina, que blandió su espada con ambas manos y puso fin a la resistencia de Ívelmer.
CAPÍTULO 5
UN RECUERDO DEMASIADO INTENSO
Xalara se despertó de un sobresalto, como si le hubiesen accionado una bocina al lado del oído. A pesar de que en el dormitorio hacía algo de frío, ella estaba sudada y jadeaba como si hubiese estado corriendo, pues acababa de tener una terrible pesadilla en la que unos seres sin rostro la perseguían de noche por el bosque.
Tras sentir un inmenso alivio al comprender que todo había sido una simple pesadilla, se percató de que ya era de día y de que estaba tumbada sobre la cama, sin haberse metido en ella y vestida con la ropa del día anterior, incluidas las botas, las cuales habían ensuciado de barro el cobertor. Miró hacia el reloj con la vista enturbiada y tuvo que restregarse los ojos para asegurarse de que marcaba las diez y diez. Enseguida supo que era domingo, y por eso Aura no la había despertado.
El domingo era el único día que no trabajaban y, para Xalara, era sin duda el mejor de la semana. Solía levantarse más tarde de lo habitual y se pasaba gran parte del día leyendo en el río, donde podía descansar y abstraerse del yugo de su madrina y del suplicio de tener que soportar el nauseabundo olor de las bebidas al que se veía sometida a diario.
Después de comprobar la hora, se dejó caer hacia atrás sobre la almohada, con la firme intención de seguir descansando, pero al mirar al suelo, vio un libro tirado con la sobrecubierta desprendida, dejando a la vista el verdadero libro que ocultaba: Fórmulas Arlasóficas (No apto para menores de edad).
La muchacha se levantó de la cama como si intentara escapar de sus garras. Al agacharse notó un pálpito de dolor en la nariz, la cual continuaba dolorida por el golpe de Samanta Zolian. Recogió del suelo el manual, camuflándolo deprisa con el forro de El Niño del Drácojor y lo puso encima del escritorio. Luego miró por la ventana para comprobar que no llovía, aunque todo indicaba que volvería a hacerlo pronto, lo cual era una fatalidad para ella.
Se acercó al armario ropero para cambiarse de atuendo y se detuvo al ver que una diminuta araña se descolgaba de forma sutil desde el techo por delante de su cara. Xalara estaba acostumbrada a las arañas, ya que la madera del techo tenía muchos años de antigüedad y esos insectos solían aparecer a menudo a través de las rendijas. Tras deshacerse de la molestia, abrió el armario y observó con desgana su escaso vestuario. Nada de lo que vio le llamó la suficiente atención como para decidir cambiarse de ropa, por lo que simplemente se acercó al perchero que tenía al lado de la puerta y cogió su cazadora vaquera, la cual era su prenda favorita, a pesar de estar muy desgastada por tanto tiempo de uso.
Salió al pasillo, no sin antes coger el manual de arlasofía camuflado, enfiló las escaleras y se frenó al ver a Aura, que estaba sentada a la mesa, muy concentrada en su cuaderno de cuentas mientras escuchaba de fondo un programa de cotilleo en la radio. Xalara auguraba que su madrina estaría haciendo precisamente eso, pero la fuerte discusión de la noche pasada aún estaba muy reciente y le habría gustado no tener que encontrársela tan pronto, evitando así el peligro de tener una nueva reyerta matutina. A media escalera, Xalara se tropezó advirtiendo que tenía los cordones de una de sus botas desatados, lo que hizo que Aura levantara la vista hacia ella.
«Hay una noticia de última hora —anunció el locutor de la radio cortando la emisión del programa de cotilleo—. Al parecer, esta noche se ha producido una importante fuga en la Prisión de Ívelmer. Conectamos con el Palacio de la Sede, donde en estos momentos comparece en rueda de prensa el presidente del Gobierno.»
Aura, que ya estaba dispuesta a recriminarle algo a su ahijada, se levantó a toda prisa hacia la radio para subirle el volumen, lo que Xalara aprovechó para sentarse y atar los cordones.
»Buenos días —sonó la voz del presidente—. Comparezco para informarles que la pasada madrugada, se ha producido la fuga de tres de los cuatro herederos que estaban encerrados en la Prisión de Ívelmer bajo régimen de alta seguridad. Aún no sabemos quién o quiénes han podido ayudarles desde fuera, pero estamos investigándolo. Así mismo, he de decir también, que han sido distribuidos carteles con la cara de los tres fugados por la totalidad de Las Cinco Comarcas. Si alguien los ve o sabe algo sobre su paradero, por favor, no lo duden y acudan de inmediato a las autoridades, bien de manera presencial o, si no les es posible, envíen una carta—hizo una pausa—. No quiero que cunda ni mucho menos el pánico, pues no hay motivos para ello, pero estamos hablando de tres individuos muy peligrosos y mientras que no sean encontrados, lo mejor es que extremen las precauciones, en especial si viven en lugares cercanos a la Prisión de Ívelmer. En esas zonas, si no es estrictamente necesario, es mejor que no salgan de sus casas y mantengan puertas y ventanas cerradas por medio de la arlasofía. Ruego la máxima cooperación ciudadana para que demos con el paradero de los fugados lo más pronto posible. Por el momento eso es todo. Que tengan un buen día.
Xalara, aunque escuchó la noticia, no le prestó demasiada atención y tras atarse los cordones bajó las escaleras con paso ligero hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —sonó la estridente voz de Aura haciendo que Xalara se detuviera frente a la puerta cuando ya iba a agarrar la manilla.
—A dar una vuelta —contestó lacónica y abrió la puerta.
—Espera.
—¿Qué?
—¿No desayunas?
—No tengo hambre.
Xalara salió a la calle.
—¡Espera!
—¿Qué quieres? —se quejó, asomándose al interior y profiriendo un bufido de exasperación.
—¿No has oído las noticias?
—¿Qué noticias? —soltó Xalara fingiendo no haber escuchado el comunicado del presidente y adivinando lo que le diría a continuación su madrina.
—Los herederos que estaban en régimen de alta seguridad, se han fugado de la Prisión de Ívelmer esta pasada noche —citó Aura agregándole un tono de gran dramatismo, como solía hacer siempre que contaban algo de calado en las noticias.
—Pues vale —zanjó la muchacha manifestando un total desinterés y agarró la puerta para cerrarla.
—No te alejes mucho de la casa.
—Tranquila, no tengo amigos que me esperen muy lejos de aquí.
Xalara cerró la puerta y, al momento, se abrió una ventana.
—Y no desaparezcas durante todo el día como acostumbras a hacer, los herederos podrían andar merodeando por aquí cerca —le advirtió Aura desde la ventana.
—Sí, ya lo creo, de todos los sitios en los que podrían estar, probablemente este pueblucho sea el más sospechoso de todos, no me cabe duda —argumentó Xalara mordaz mientras se alejaba por el sendero embarrado.
Segundos después, caminaba ensimismada en dirección al río, entre los altos álamos y bajo un cielo plomizo que se resistía a la lluvia.
Desde el día anterior, notaba una permanente y extraña sensación de disgusto. El recuerdo de su último encontronazo con Víliam y sus arrogantes amigos percutía su mente sin apenas descanso.
Xalara Verdreven no era ese tipo de personas a las que un simple encuentro desafortunado la dejaba afligida, pero con Víliam todo era distinto. Él había sido su único amigo y a su lado pasó los pocos momentos felices de su vida, y ver en lo que se había convertido la embargaba de tristeza. Ya habían pasado casi nueve años desde que Víliam se despidió de ella, y, desde luego, después de tanto tiempo se había hecho a la idea de que ya no era el mismo. Víliam era lo que la sociedad denominaba como un dobleclase, es decir, hijo de una madre y un padre pertenecientes a diferentes clases sociales (siempre y cuando uno de ellos fuese de tercera clase), y tras la muerte de su progenitor se había marchado a vivir a Bibrébem con su madre, después de prometerse esta con un hombre miembro de una de las familias de la élite. Desde entonces, se borró el apellido de tercera clase de su padre para adquirir el ilustre apellido de su padrastro. Sin embargo, lo que más dolía a Xalara, era sin duda el hecho de que actuara con esa indiferencia hacia ella, como si no la conociese de nada. Además, había traído a la estúpida y engreída Samanta Zolian al pueblo, la cual le había hecho la vida imposible a Xalara cada vez que se cruzaban sus caminos. Pero el día anterior su enemistad subió de nivel, puesto que Víliam la sujetó para que Zolian pudiese pegarle un puñetazo, y eso había terminado por dinamitar, si es que aún le quedaba algo, todo rastro de apego hacía él. Hasta ese momento y a pesar de todo, nunca sintió realmente odio hacia Víliam, pero ahora lo sentía de verdad, y los recuerdos junto a él eran como un veneno que quería extraer de su memoria.
Al llegar al río, comprobó que su caudal bajaba muy crecido, algo que no le sorprendió para nada, pues con las lluvias caídas durante toda la semana aquello era lo más lógico. Pero lo peor de todo, es que su habitual lugar de lectura durante los domingos, se encontraba anegado por el agua. La muchacha se vio obligada a buscar otra ubicación y de inmediato se le vino a la mente otro lugar, uno al que solía ir a leer cuando era pequeña. Sin embargo, hacía mucho tiempo que ya no iba allí, pues los recuerdos que se aglutinaban en ese sitio y que en el pasado fueron felices, en la actualidad se habían convertido en todo lo contrario. A pesar de todo y tras debatirlo con su conciencia, decidió ir.
Al llegar y cuando se acercó a la orilla, desde detrás de uno de los álamos salió alguien. Xalara chocó contra él sin saber quién era, y cayó al suelo impulsada hacia atrás. Instantes después, Víliam Greyson la ayudaba a levantarse cogiéndola de las manos.
—Lo siento, ¿estás bien? —se preocupó Víliam—. Ya veo que sigues viniendo aquí los domingos.
Xalara sacudió las manos de forma brusca y se apartó hacia atrás al ver su cara. El muchacho se agachó para recoger el libro del suelo mientras su examiga le dirigía una mirada injuriosa.
—¿Este libro no es el que yo te…?
Ella le arrebató el libro de las manos y se alejó sin responder.
—¡Xalara, espera, por favor! —gritó Víliam a la chica, que se distanciaba de él dándole la espalda—. ¿Qué vas a hacer el Día de la Libertad? —ella siguió sin hacerle caso y entonces él exclamó—: ¿Te gustaría acompañarme a la fiesta que da Burlen en su taberna?
Xalara esta vez se frenó y se volteó hacia él.
—¿Perdón? —inquirió arqueando las cejas.
—Que… quería saber si serías tan amable de hacerme el gran favor de acompañarme a la fiesta en la taberna de Burlen el Día de la Libertad —preguntó Víliam ruborizado, atropellando las palabras—. Se… sería un gran placer para mí.
Xalara lo miró negando con la cabeza, a la vez que mostraba una sonrisa cargada de reprensión.
—¿De verdad quieres ir a la fiesta con una mugrienta chica de la tercera clase? ¿Qué opinarán tus distinguidos amiguitos de la élite?
—En realidad… yo nunca te he llamado así, y no son mis amigos, solo son unos estúpidos arrogantes con los que tengo la desgracia de compartir mi tiempo —alegó visiblemente apesadumbrado—. Además, ya han regresado a Bibrébem.
—Todo esto es una broma para volver a burlaros de mí, ¿verdad? ¿De quién fue la genial idea? Déjame adivinarlo… Zolian.
—Xalara… —dijo Víliam dando un par de titubeantes pasos hacia la chica—. Ya sé que no me he comportado muy bien contigo. De hecho, me he comportado como un auténtico idiota todos estos años, pero me gustaría arreglarlo y que, con el tiempo, quizás… pudieses perdonarme.
—¿Perdonarte…? —exclamó indignada—. Ayer mismo me agarraste para que la engreída de Samanta Zolian me rompiese la nariz, y un día después, ¿me pides que te perdone y que te acompañe a una estúpida fiesta?
—Verás… es más complicado de lo que crees, yo nunca…
—Mira, Víliam, déjame en paz, mejor ahórrate lo que sin duda sería un alegato muy agudo —dijo Xalara volviendo a darse la vuelta para marchar.
—Xalara, de verdad que… —insistió Víliam persiguiendo a la chica.
—¡¡Lárgate, no quiero volver a verte jamás!! —estalló Xalara volteándose hacia el muchacho, que se detuvo, la miró afligido, asintió asimilativo y se marchó.
Xalara no se movió del sitio hasta asegurarse de que Víliam se encontraba solo y que allí no había nadie más escondido tras la maleza riéndose de la escena. Después, y tras ver cómo el muchacho se alejaba hasta perderse de vista entre los árboles, se sentó sobre una roca frente a un recoveco del río en el que sus aguas permanecían estancadas. Cogió una piedra del suelo y la tiró con rabia hacia el agua, llegando a salpicar sus botas. Se quedó con la vista fija en las hipnotizantes ondas que se formaron y las lágrimas saltaron de sus ojos, derramándose sobre la portada del libro al que se aferraba con las dos manos. Xalara observó la portada y limpió las lágrimas con el dedo, justo en ese momento, todo a su alrededor se volvió difuso y por un instante creyó desvanecerse.
Al recuperar la vista tan solo unos instantes después, se encontraba en el mismo lugar, pero los álamos estaban desnudos, cuyas hojas cubrían el suelo formando una alfombra de tonos ocres. El río bajaba parsimonioso y mucho menos caudaloso que hacía unos segundos. Por no contar que ahora estaba de pie, frente a una niña vestida con un abrigo de color verde apagado y el pelo recogido en una diadema. La niña estaba sentada sobre una roca, absorta en la lectura de un libro forrado de azul y sin ningún título aparente. Xalara se estremeció al darse cuenta de que esa niña se trataba de ella misma.
Reaccionando a la perplejidad inicial, se percató de que ya no tenía el manual de arlasofía consigo. Apabullada y asustada a partes iguales, se inclinó hacia su yo del pasado e, indecisa por lo que pudiese ocurrir, estiró el brazo para tocarle el hombro. Sin embargo, su mano atravesó a la niña como si esta fuese un fantasma, y no se movió ni pareció sentir su presencia. Lo mismo ocurría si intentaba tocar el libro, el álamo o la propia roca, únicamente el suelo parecía sólido para ella, pero a pesar de todo, tampoco notaba su tacto bajo la suela de las botas; era como una extraña sensación de estar flotando.
—¿Hola? —saludó para probar si la niña podía oírla, pero estaba claro que no era así, porque su yo del pasado no hizo ningún tipo de movimiento, ni siquiera pestañeó.
Cuando todavía trataba de encontrar una explicación a lo que estaba sucediendo, unas risas infantiles llegaron a sus oídos provenientes del camino. Dos niños y una niña, vestidos con abrigos raídos, acababan de detenerse al ver a la pequeña Xalara leyendo. Fue entonces cuando la Xalara adolescente recordó qué día de su pasado estaba presenciando.
—Mirad quién está ahí, Xalara Verdreven, el bicho raro —anunció la niña, que tenía los ojos azules y el pelo cobrizo.
—Leyendo, como siempre —soltó con voz muy aguda el niño que era más delgado y que tenía el rostro pálido y retraído.
—No sabe hacer otra cosa la pobre… —añadió socarrón el otro, que era más rollizo.
Los tres niños rieron y se acercaron corriendo hasta la pequeña Xalara, que estaba tan concentrada en la lectura, que no se había percatado de su presencia.
—¡Bicho raro, bicho raro, eres un bicho raro! —cantaban con júbilo y al unísono mientras rodeaban a Xalara—. Bicho raro, bicho raro…
La niña del pelo cobrizo se abalanzó sobre la pequeña Xalara y le arrebató el libro que estaba leyendo. La Xalara de diecisiete años intentó recuperarlo enseguida, pero impotente, solo pudo comprobar cómo sus manos atravesaban el libro y la mano de la niña, que mantenía el libro en alto mientras que con el otro brazo sujetaba a la pequeña Xalara para que esta no pudiera levantarse del suelo. Después tiró el libro al río mientras se desternillaba de la risa.
El trío infantil, tras concluir su fechoría, se marchó corriendo del lugar, dejando sola a la pequeña Xalara que, desconsolada, contemplaba cómo su libro era arrastrado por la corriente y terminaba siendo engullido por el río, sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo.
—¿Habéis visto la cara que ha puesto? ¿Lo habéis visto? —se burló el niño más grueso mientras se alejaban riendo.
—No me extraña, he tirado al río a su único amigo.
La Xalara de diecisiete años se dio media vuelta, anticipando lo que pasaría a continuación, y, en efecto, como ella vaticinaba, un niño muy menudo y con la cara repleta de pecas, se acercaba con una bolsa de tela blanca en la mano. El niño atravesó su cuerpo sin inmutarse y se colocó al lado de la pequeña Xalara, que lloraba con el rostro hundido entre las rodillas.
—Ahora no quiero hablar, Víliam —sollozó la pequeña Xalara al verlo de reojo.
Aun así, el niño se sentó junto a ella.
—No llores, no merecen tus lágrimas —le dijo Víliam.
—Ellos tienen razón, soy un bicho raro —lloriqueó la niña.
—Nada de eso, lo único que les pasa es que te envidian porque tú eres especial y ellos no, y eso les molesta —arguyó Víliam, poniéndole una afectuosa mano sobre el hombro a su amiga—. No tienes que hacerles ningún caso.
La niña forzó una débil sonrisa de agradecimiento.
Víliam sacó de la bolsa un regalo envuelto en un papel satinado de color naranja y se lo ofreció a Xalara.
—¿Qué es eso? —preguntó la pequeña Xalara sin prestar demasiado interés al regalo.
—Cógelo, es para ti.
—¿Para mí? —preguntó la niña, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano antes de coger el regalo.
—Ábrelo —dijo Víliam con una tierna sonrisa.
La pequeña Xalara desenvolvió el regalo, destapando un libro con las cubiertas amarillas, titulado El niño del Drácojor.
—Muchas gracias, Vili —agradeció la niña dibujando una amplia sonrisa—. ¿De dónde has sacado el dinero para comprarlo?
—Eso no se pregunta, Xalara —dijo Víliam entre risas.
—Ya, tienes razón, lo siento.
Víliam se levantó del suelo.
—Ven —dijo el niño ofreciendo su mano a la pequeña Xalara para ayudarla a levantarse—, vamos a dar una vuelta.
La Xalara de diecisiete años siguió a los dos niños sabiendo el lugar al que se dirigían.
Minutos más tarde, se encontraban en una zona donde el río se bifurcaba mediante un pequeño islote estrecho y rocoso, y donde el espesor del bosque era menos pronunciado. Víliam caminó hacia la pedregosa orilla seguido de su amiga.
—Qué bonito es este lugar, ¿verdad? —dijo el niño observando el paisaje con ojos refulgentes.
—Sí —asintió Xalara distraída mientras hojeaba por encima las primeras páginas de su nuevo libro.
—Sin duda lo echaré de menos —reconoció Víliam, y a la Xalara de diecisiete años le pareció que el niño estaba haciendo un gran esfuerzo para no echarse a llorar.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la niña sin dejar de mirar el libro.
—Mi madre se ha comprometido con Donius Greyson. Es un distinguido señor de la élite y mañana mismo viajo a Bibrébem para empezar una nueva vida —informó Víliam visiblemente afectado y clavó su vista en la niña, esperando a ver su reacción.
—¿Qué? —preguntó Xalara, y esta vez cerró el libro para poner toda la atención en su amigo.
—Que me voy, Xalara, me marcho a vivir a Bibrébem.
—Pero… no puedes irte, tú… tú eres mi único amigo —lamentó Xalara con los ojos anegados en lágrimas.
—Lo siento, yo no quiero irme, pero mi madre me obliga, dice que es lo mejor para mí —Xalara comenzó a derramar sus lágrimas—. Pero no te preocupes, te enviaré cartas todas las semanas, vendré a visitarte siempre que pueda y le pediré a mi madre que vengas a mi nueva casa siempre que quieras. Mi madre dice que es una mansión enorme y seguro que hay algún dormitorio libre para que puedas venir. Siempre seremos amigos y nunca me separaré de ti —dijo la última frase con la voz quebrada por la emoción.
—No creo que mi madrina me deje ir…
Víliam titubeó, sus marrones ojos recorrían nerviosos el rostro de Xalara y metió una mano en el bolsillo de su abrigo, del cual sacó un papel enrollado que volvió a guardar al instante.
—Mi madre es amiga suya, seguro que la convence para que te deje venir a visitarme. Bueno, me voy, adiós —añadió Víliam apresurado y se fue corriendo.
La Xalara de diecisiete años supo que lo hacía para que no pudiera verle las lágrimas, pero aquel día, con la inocencia de la infancia, no supo verlo y tuvo otra impresión muy distinta.
De pronto, los dos niños se disolvieron delante de Xalara y todo el entorno se desapareció con ellos.
Volvía a estar en el presente, sentada sobre la roca húmeda en la mañana nublada de abril, y lo hacía jadeando. Se sentía exhausta y un poco mareada, con la espalda y los brazos entumecidos; además le picaban los ojos y los sentía irritados.
A su lado y posado en el suelo, había un cuervo que la miraba con fijeza. Cuando Xalara cruzó su mirada con la del ave, esta desplegó sus alas negras y echó a volar graznando hasta perderse entre las copas de los árboles.
Xalara siempre había tenido la extraña sensación de que los pájaros, sobre todo los cuervos, la observaban y que a veces hasta la perseguían como si la estuviesen vigilando. Se sentía ridícula ante tales creencias, pero no menos extraño era lo que acababa de ocurrirle. Durante toda su vida, cuando rememoraba algo, dichos recuerdos eran muy vívidos. Sin embargo, nunca le había ocurrido nada parecido. Estar allí, en el escenario de sus recuerdos y presenciarlos como si se tratase de una mera espectadora, sin duda, era diferente a todo lo anterior. Pero quizás estaba sacando las cosas de quicio y tan solo se había quedado dormida, produciéndose un sueño con Víliam por culpa de su reciente encontronazo. Obligándose a creer en esa conclusión, decidió dejar de pensar en ello y abrió el manual de arlasofía.
